Categoría Aprender a escribir

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¿Es tu personaje masculino chocante?
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Error de escritor #10: mentirle al lector
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¿Es tu personaje femenino chocante?
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Error de escritor #9: igualdad por todos lados
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La salsa marinera y la innovación en la escritura

¿Es tu personaje masculino chocante?

¿Creías que me iba a quejar solo de las mujeres? ¡Claro que no! Hora de darle caña a las cosas que me chocan en un personaje masculino.

El harenoso

Algunos personajes son atractivos y encantadores, por lo que es natural que atraigan la atención del sexo opuesto. Además, si un personaje carece de belleza física pero tiene una buena personalidad, el lector no se sorprendería de que hubiera algunas chicas interesadas en él.

Ahora bien, cuando el tipo es feo, gordo, inepto, tímido, huraño, pobre (inserte lista interminable de calificativos negativos) y aun así tiene a una horda de mujeres que se lo quieren tirar, ya la cosa está rara.

Esta situación es similar a la de «sirena que se cree morsa», con un giro diferente. En el caso de las mujeres, se nos suele presentar la percepción de la heroína mediante una escena en la que se mira al espejo o se compara con otras. Ya sabemos que la imagen que alguien tenga de sí mismo no siempre concuerda con la que ven los demás; por ende, un personaje femenino que se considere «fea» podría ser justo lo contrario en ciertos contextos.

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Error de escritor #10: mentirle al lector

Seguimos con la serie Errores de escritores. Puede que el título te esta te haga pensar que estoy loca. Después de todo, los escritores vivimos de mentirle al lector: le mentimos cuando creamos mundos ficticios poblados de personajes ficticios que se mueven debido a conflictos ficticios.

Ahora bien, hay que reconocer que existe una diferencia entre la mentira clásica, la que el lector espera, y la que ocurre cuando el autor traiciona las expectativas de su audiencia. Cuando una persona abre un libro, continúa leyendo porque hay promesas implícitas y explícitas:

Me refiero a promesa implícita como la necesidad que busca satisfacer el lector: hay quien se satisface entretenimiento puro y duro; otros buscan adquirir nuevas ideas y cuestionar las propias; otros más anhelan la musicalidad del lenguaje. Existe un acuerdo tácito entre lectores y escritores: el lector lee; a cambio, el escritor promete satisfacer la necesidad de vivir una aventura.

Las explícitas son las que el autor mismo expresa, ya sea en la sinopsis, en sus tuits o en la propia obra. Supongamos que el autor promociona su libro como «novela de acción desbordante» y entreteje su historia de tal manera que el lector espera que haya un enfrentamiento cataclísmico al final. El lector sigue pasando las páginas como loco y, al llegar al final, el bueno y el malo se dan cuenta de que son el uno para el otro y se fugan.

Puntos por originalidad, pero con la rabia que va a traer el lector después de ese fiasco, ni loco va a concederlos.

Si prometes una novela policíaca, más te vale dar una novela policíaca. Si prometes un enfrentamiento, más te vale dar un enfrentamiento. Podrías verte tentado a traicionar las expectativas del lector y eres libre de experimentar; de eso se trata la escritura. Sin embargo, ten en mente que, a menos que ofrezcas un giro magistral, lo más probable es que te salga el tiro por la culata.

Quizá te parezca que lo que digo es demasiado obvio (que lo es), pero me siento en la necesidad de hacerlo porque yo misma he cometido este error de una u otra forma. Según mi experiencia, hay  en las que no conviene mentirle al lector.

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¿Es tu personaje femenino chocante?

Soy de la opinión que crear a un buen personaje femenino no es diferente de crear a uno masculino. Con escasas excepciones, a la mayoría de los personajes de la fantasía contemporánea se les puede cambiar el género y no habrá mayores alteraciones en el desarrollo del argumento. Dicho esto, creo que muchos se sienten incómodos creando personajes del sexo opuesto o vuelcan sus ideales y fantasías en el personaje femenino. El resultado es un personaje chocante cuyo punto de enfoque es ser mujer.

Para ahorrarte la frustración (y ahorrármela a mí también), aquí te dejo tres cosas que, en mi opinión, podrían hacer que tu personaje femenino resulte chocante. Excluyo lo que ya ha sido mencionado hasta la saciedad, como la damisela en peligro.

La que se cree morsa cuando es sirena

Creo que por esta voy a recibir algunas reacciones violentas por el encabezado de esta sección. Es un tema que requiere tacto y digamos que yo no tengo mucho de eso. De todos modos, intentaré ser lo más delicada posible: hay mujeres que se creen horribles cuando en realidad son hermosas; esto no tiene nada de extraño. Si hay gente con desórdenes alimenticios que se ve gorda cuando pesa treinta kilos y sus familiares le insisten que se matará si sigue así, es natural asumir que habrá personas que no se consideren atractivas aunque lo sean.

Esta cuestión es un tema serio que nada tiene que ver con esos días que tiene todo el mundo (ya sabes, cuando te despiertas sintiéndote horrible porque tienes un grano que más bien parece chichón en la frente). Seguramente da para un conflicto desgarrador.

Ahora bien, lo que veo en la ficción suele ser bastante diferente, en especial cuando de novela juvenil romanticona se trata. Creo que no hay mejor forma de explicarlo que con un ejemplo sacado de manga (comic). Hace un tiempo me enamoré del arte de Ratana Satis y comencé a leer una de sus obras, titulada Lily Love, cuya protagonista, Donah, se describe a sí misma de la siguiente forma: «No tengo la piel blanca, no soy moe ni hermosa. No soy del tipo que gusta a los hombres: frente ancha, lentes gruesos, plana, piernas grandes, gorda».

Una curiosa descripción, cuando en arte promocional Ratana Satis la dibuja así. Donah es la chica más baja, la de cabello castaño:

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Error de escritor #9: igualdad por todos lados

Seguimos con la serie Errores de escritores. Esta vez hablaremos sobre esas obras que tienen igualdad por todos lados aunque no tenga sentido. Esta idea se me ocurrió después de una conversación que tuve con un lector, quien me dijo que le parecían raras algunas percepciones sexistas de Sarket, el protagonista de mis novelas. Conversación editada por spoilers:

—¿Actitudes sexistas?
—Sí. Por ejemplo, su novia es muy poderosa y de todos modos a veces tiene pensamientos sobre la debilidad física de las mujeres y esas cosas. Enor es mejor que él en las peleas y de todos modos no le gusta mucho entrenar con ella porque no le gusta la idea de golpear a una mujer. Esas cosas.

Esa noche pensé largamente al respecto. El sexismo no tiene que ser el desprecio por un sexo; también vale cualquier actitud que refuerce estereotipos y roles de género. Aclarado esto, sí, Sarket es sexista… y tiene sentido que lo sea. Tiene sentido que piense cosas como «Los hombres no lloran» y «A las mujeres hay que tratarlas con delicadeza» porque, a pesar de ser la pareja de una mujer que podría freírlo con la mirada y el aprendiz de otra que a cada rato lo estampa contra el suelo a puñetazos, su crianza en una sociedad basada en los inicios del siglo veinte se ve reflejada en sus actitudes inconscientes. Ni siquiera se atreve a insultar a Selene cuando ella hace una de las suyas:

—¡Selene! —exclamó, esgrimiendo el periódico y rojo de histeria—: ¡¿Te has vuelto lo-lo…?!
Los dientes de Sarket decidieron entonces morder su lengua para que no saliera aquel insulto, pues era un crimen impensable atacar de manera tan directa a una mujer.

¿Sabes qué no tendría sentido? Que Sarket NO fuera sexista. El feminismo es una corriente nueva e incluso en el nuevo milenio seguimos viendo actitudes que refuerzan roles de género obsoletos. A lo largo de la historia el ser humano ha discriminado por razones de lo más absurdas: no fue sino hasta finales del siglo pasado que en muchos países se dejó de criminalizar la homosexualidad; en Estados Unidos hizo falta un movimiento nacional a inicios de los 50 para que se dejaran de segregar las escuelas, los restaurantes y hasta los autobuses por raza y color (un movimiento que se cobró muchas víctimas, por cierto).

Es por esto por lo que tanto sorprende ver personajes que mantienen ideas claramente modernas en obras basadas en épocas anteriores. ¿En verdad crees que una mujer que luche por la igualdad de género en el siglo quince no sería silenciada a los dos días? Y no pienses que todas las mujeres se unirían por esa causa, porque no lo harían. Es más, asistirían dichosas a la quema de esa bruja.

¿No me crees? Permíteme darte un ejemplo extremo que te va a revolver el estómago (en serio, si no puedes leer cosas fuertes, mejor sigue bajando. El texto está en blanco, así que tendrás que seleccionarlo para leerlo.

|¿Sabes lo que es la infibulación? Consiste en eliminar el aparato reproductor femenino externo (clítoris y labios vaginales). Posteriormente se cose lo poco que resta de la vulva y solo se deja un pequeño agujero para permitir el paso de orina y sangre menstrual. El procedimiento se lleva a cabo sin anestesia, en condiciones no higiénicas y, por lo general, antes de que la niña cumpla los 10 años.

Uno podría pensar que los hombres son los principales promovedores de cualquier forma de mutilación femenina. Sin embargo, son las mujeres. La persona que hace el procedimiento usualmente es una anciana. En campañas masivas de información respaldadas por distintas ONGs, han sido las mujeres las que han opuesto mayor resistencia. Cuando distintos países africanos pasaron leyes penalizando la mutilación de una mujer, fueron las niñas las que se cortaron a sí mismas. La víctima puede convertirse en perpetrador.|

¿Y me vas a decir que un persona con ideas radicales para el siglo quince triunfaría… solo porque sí? No. Incluso si hay un iluminado que grita a los cuatro vientos que los negros no son animales, sino seres humanos, los demás rechazarán esa noción por el simple hecho de que no casa con la idea de que los negros son animales, idea arraigada desde la infancia. Esa es la realidad.

Así que aquí te dejo algunos consejos para evitar que tu novela tenga igualdad por todos lados… aunque no tenga sentido.

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La salsa marinera y la innovación en la escritura

Una de las cosas que más me impresionó al llegar a Estados Unidos fue la variedad de productos. No había una sola Coca-Cola, sino cientos de tipos: Coca-Cola de vainilla, Coca-Cola de limón, Coca-Cola de frambuesas… Hay tantas cosas que uno no puede sino preguntarse: ¿Es necesario todo esto? ¿En verdad la gente come Cheetos verde fosforescente con chispitas de cacao hindú dorados al sol de Siberia? Pues sí. Esta diversidad traza un paralelo con el arte en general y hace poco descubrí que hay cosas que la industria de la comida puede enseñarnos sobre la innovación en la escritura. Y en especial, la salsa marinera.

Advertencia: esta entrada contiene párrafos enteros sobre comida y su aplicación a la escritura. No leer con hambre (aunque si lo que tienes es hambre de leer, pues adelante). ¡No me hago responsable por asaltos a supermercados!

Si aceptas estos términos y condiciones, pues adelante:

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