Categoría Errores de escritores

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Error de escritor #8: escenas vacías
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Error de escritor #7: prometer una explosión y terminar en chisporroteo
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Error #6: diálogos sacados de Don Quijote
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Error #5: verbos que no dicen nada
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Error #4: diluvio de adjetivos

Error de escritor #8: escenas vacías

Seguimos con la serie Errores de escritores. Es muy común entre los noveles enamorarnos tanto de la historia y los personajes que permitimos que nuestros dedos vagabundeen por el teclado; sin darnos cuenta, tenemos una novela repleta de escenas vacías.

¿Qué es una escena vacía? Pues una escena que es correcta a nivel estructural, pero que no aporta nada a la novela. No empuja el argumento, no revela nueva información, no añade profundidad a los personajes… En otras palabras, es irrelevante.

Los escritores noveles suelen meter relleno. Si escriben fantasía, pasarán páginas enteras explicando los orígenes de las especies de su mundo fantástico sin que esto sea necesario para el disfrute de la obra; los que se dedican a la novela romántica gastarán capítulos haciendo que su protagonista se siente en un café mirando la lluvia caer a través de la ventana cristalina; en cuanto a los de novela negra, describirán absolutamente todos los detalles de una habitación… aunque no haya ningún cadáver en ella y ninguno de esos objetos vuelva a aparecer como pistola de Chéjov.

¿Me entiendes? Es un mal hábito que en nada ayuda, porque lo que no saben estos escritores que tanto se esmeran en dar vida a sus mundos es que el lector los ha abandonado al primer párrafo. Con suerte, al segundo.

Que conste que no estoy diciendo que todas las escenas tienen que impulsar el argumento hacia adelante o dejar al lector en vilo, ¿eh? Si bien es cierto que muchas de las escenas vacías que leo tienen diálogos inconsecuentes, un autor experimentado sabrá crear una escena íntima o sacar a relucir algún aspecto importante de sus personajes a través de una conversación casual.

Por ejemplo, supongamos que nuestro protagonista, Julián, sale de su casa y ve a su vecina Clara, una anciana retirada que habla hasta por los codos. Supongamos que Clara le pregunta cómo le va en el trabajo y Julián contesta que lo acaban de ascender, cuando en realidad lo despidieron hace un mes y en ese momento va a una entrevista de trabajo a McDonald’s.

Ahí estamos mostrando a un Julián avergonzado por su situación, a un Julián cuyo orgullo no le permite admitir que podría terminar volteando hamburguesas en un McDonald’s (porque, por alguna razón, para mucha gente ese trabajo es vergonzoso).

Esto sería diferente si Julián y Clara hablaran del clima. ¿Qué le importa al lector el clima? ¿Es relevante para la novela? En tal caso, la escena estaría vacía porque no impulsa la trama hacia adelante, no contribuye a crear una imagen del mundo en la mente del lector ni explora o refuerza una faceta de los personajes. Está de más.

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Error de escritor #7: prometer una explosión y terminar en chisporroteo

Seguimos con la serie Errores de escritores. Cuando abrimos un libro por primera vez, tomamos el riesgo de que sea una mala novela. Es un hecho que no todas las historias nos parecerán buenas, ya sea por su calidad o por el simple hecho de que no resuenan con nuestra propia experiencia. Muchos de nosotros terminamos todas nuestras lecturas porque tal es nuestra política, con la esperanza de que el argumento mejore durante el transcurso. Si no lo hace, lo aceptamos y lo olvidamos al mes sin dejar rastro de ningún rencor hacia el autor. Sencillamente, estas cosas pasan.

No obstante, ocurre algo muy diferente a nivel emocional cuando un libro nos tiene enganchados, cuando nos ha sacudido el alma, cuando el argumento trepidante nos eleva hacia un clímax mortal… y este no ocurre. La historia termina, se disuelve con un siseo en lugar de la explosión prometida. Ahí es cuando el lector se molesta porque se siente traicionado, y con toda la razón. Quebraste el embrujo del libro con un final decepcionante. Prometiste una explosión y diste un chisporroteo.

Por lo general, este es un problema de estructura. Hay autores que son muy buenos escribiendo un preámbulo vertiginoso que arruinan en las últimas páginas por falta de tiempo, técnica o perspectiva. A continuación, dos errores que llevan a este final tan decepcionante para el lector:

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Error #6: diálogos sacados de Don Quijote

El oficio de escritor implica elegir las palabras adecuadas a partir de un repertorio de cientos de miles de vocablos… Espera, ¡no te vayas! Ya sé que lo que digo es de lo más obvio, pero precisamente por eso necesitaba decirlo: los conceptos más obvios suelen ser los más frecuentemente malinterpretados. «Tienes que escribir bonito», nos dicen, y antes de darnos cuenta estamos abusando del diccionario de sinónimos de Word, decantándonos por palabras cultas solo porque son raras o suenan bien. Poco nos importa que su definición no sea la adecuada (ej: un posible sinónimo de papel es papiro, aunque no son lo mismo) porque al fin y al cabo, lo que importa es impresionar al lector con nuestro léxico infinito, ¿no?

No. Que una obra esté plagada de términos rebuscados es malo de por sí y merece una entrada aparte, pero que el fenómeno se extienda al diálogo es un craso error. Podrías terminar con albañiles que lancen piropos como:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo.

Cualquier mujer que haya pasado frente a un edificio en construcción puede atestiguar que ESO. NO. PASA.

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Error #5: verbos que no dicen nada

Describir acciones no es tarea fácil. En particular, expresar movimientos complejos de manera tal que el lector no los lea, sino que los vea, puede resultar agotador. Cualquiera que haya escrito una escena de acción podrá atestiguar en este caso. Y más allá del efecto visual, hay otros cuatro sentidos que se deben estimular.

Antes de adentrarme en el fascinante mundo de las escenas de acción, me gustaría hablar de un error que veo a menudo: usar verbos genéricoscuando la situación no lo amerita. No me malinterpretes, doy gracias por los verbos genéricos como caminar y decir porque son casi invisibles. Permiten al lector seguir la historia a un ritmo acelerado sin que lo note… a menos, claro, que el escritor abuse de ellos por falta de vocabulario.

Veamos un ejemplo:

Tom caminaba por la calle mirando el suelo en busca de comida. Tenía un hambre voraz. Se dirigió hacia una caja con aspecto prometedor y a punto estuvo de abrirla cuando oyó la detonación de una bala. Pegó un grito y caminó con dificultad hacia el callejón de al lado, sin darse cuenta de que le habían dado en la pierna.

No sirve. Probemos algo diferente:

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Error #4: diluvio de adjetivos

Tengo una confesión: hace tiempo, tuve un romance clandestino con los adjetivos. De la nada, la necesidad de adjetivizar todo me atacó como un rayo fragante y no pude evitar que mis dedos golpearan las duras teclas de mi oscuro teclado. Me dejé llevar por el poderoso efecto de las palabras rimbombantes sin percatarme del peligroso peligro.

¿Ya ves que es chocante o sigo?

Este error tiene múltiples secuelas: para empezar, añade peso a la narrativa y entorpece la lectura; le resta importancia a los sustantivos, que son los verdaderos protagonistas; denota pobreza de lenguaje; y es un hábito de lo más chocante… pero creo que ya lo había dicho.

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Copyright © 2016 Ana Katzen.