portada_Hierro Fatuo
Parte de la serie Los moradores del cielo :

Últimamente circula por ahí un rumor. Se dice que hay un ladrón que no solo es capaz de abrir cerraduras de cuanto palacio le plazca, sino también portales al éter en el que flotan los mundos. Cualquiera con tal habilidad podría ganarse la vida vendiendo tesoros de incalculable valor, pero él tiene otros planes. Está obsesionado con una sustancia que solo se cultiva dentro de los niños y que podría ser el detonante de una guerra entre el hombre común y el hechicero. Se hace llamar Kurai, el traficante de hierro fatuo.

Publicado: enero 29, 2016
Editorial: Kirin Ediciones
Géneros:
Extracto:

—Gracias por acudir, Iougi —dijo el kogo, sentado en una silla de oro que a duras penas podía albergar su obeso trasero.

El sacerdote se mordió la parte interna de la mejilla, un tic nervioso que había heredado de su padre y del que nunca había podido desprenderse. Cuando aquel hombre solicitó su presencia inmediata, no tuvo más opción que aceptar, pues la abadía sobrevivía gracias a sus donaciones. Sin embargo, desconocía el motivo por el que había sido llamado, y sus oídos no eran ajenos a los múltiples rumores que circundaban al noble. Una palabra en falso o un gesto grosero y caería sobre él una voluntad irascible.

El kogo se levantó, no sin esfuerzo, y se paseó por la sala bajo la mirada de las figuras pintadas en el techo. Era tan voluminoso que sus ancas no podían marchar en línea recta y lo convertían en un péndulo humano.

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—Tengo una pequeña maravilla en mis mazmorras. —Esbozó una sonrisa que estiró la redondez de su cara—. Quizá te guste.

—Con el debido respeto, honorable kogo —comenzó a decir el sacerdote con voz queda—, no entiendo cómo puedo ayudarle con un criminal. Si lo que busca es una confesión, cualquier sacerdote puede hacerlo.

Por suerte, no se vio ofendido. De hecho, su sonrisa se ensanchó.

—Esta es una joya muy valiosa —afirmó al tiempo que dos guardias abrían la puerta del despacho para que pudieran salir hacia las mazmorras—. ¿Por qué no vienes a ver?

«A un noble no se le puede decir que no». Iougi se resignó a seguirlo por el pasillo. La pared estaba cubierta de cuadros, algunos con siglos de antigüedad, cuyos sujetos guardaban cierta similitud con el señor de las tierras. Por todos lados veía ojillos de cerdo, hombres y mujeres obesos que lucían semejante cantidad de joyas que Iougi no alcanzaba a entender cómo pudieron vivir día a día con ellas encima. El mismísimo kogo desafiaba toda lógica. Los accesorios que llevaba eran tan pesados y estrafalarios que ofendían la vista. La suya era una familia acostumbrada a la opulencia.

Ya al bajar las escaleras, la decoración era mucho menos ostentosa y los muebles tendían más a la funcionalidad y comodidad que a la belleza. El olor del incienso lo impregnaba todo, incluso cuando llegaron a la trampilla que daba a las mazmorras. Dos hombres corpulentos abrieron la entrada. Ni siquiera el humo aromático pudo ocultar el hedor a orina, heces y putrefacción que los abofeteó de inmediato.

A Iougi se le contrajo la glotis y tuvo que hacer acopio de fuerzas para no vomitar. En cambio, el noble bajó por las escaleras como si aquella podredumbre no representara ninguna molestia. El sacerdote lo siguió con la manga de la túnica sobre la nariz. Le tomó unos instantes acostumbrarse a la tenue luz de la mazmorra, una habitación mugrienta con diez celdas. Una de ellas estaba adaptada a las exigencias de mantener a un hechicero cautivo: había paredes antimagia llenas de runas azules tras las barras y complicados diseños sobre la roca.

Los sirvientes habían dispuesto dos sillas acojinadas frente a aquella celda, objetos que desentonaban por completo con la piedra gris, las manchas de óxido en los grilletes y el hedor. Iougi se forzó a sentarse a la derecha del kogo y escrutó la penumbra. En la pared que daba al norte había un ventanuco por el cual se asomaba la luna roja; su luz incidía sobre un saco de arpillera de cuyos agujeros, abiertos con tajos de cuchillo, emergían unas extremidades huesudas cubiertas de piel marchita.

Vio el cuerpo sin comprender nada. Parecía que aquella persona había muerto ya, pero el movimiento leve del saco de arpillera le hizo saber que seguía con vida.

—¿Mi kogo? —inquirió, tornándose hacia el noble.

—Paciencia. —Hizo un gesto y un sirviente le trajo una copa de vino—. Ya morirá.

No sabría decir cuánto tiempo estuvo ahí observando cómo el saco subía y bajaba, cada vez con más esfuerzo. Sin poder evitarlo, sus labios comenzaron a moverse en una oración silenciosa por aquella pobre alma en desgracia. Los dioses sabrían qué había hecho para instigar la ira del kogo. Cuando recitó la última palabra en su mente, el cuerpo no inspiró más. Iougi se levantó y ya iba a pedirle al carcelero que abriera la celda para poner el cadáver en postura fetal cuando el noble lo detuvo.

—Mira. —Señaló con un índice gordo envuelto en anillos.

Iougi siguió la dirección del dedo y tuvo que contener el aliento al ver que el saco volvía a moverse. Arriba, abajo; inhalación, exhalación. Las extremidades, apenas varas de hueso momentos atrás, adquirían un grosor saludable y el color del bronce. Incluso el cabello mugroso perdió toda suciedad y volvió a ser negro como el manto de la noche.

La persona, una mujer, se sentó sin ningún esfuerzo y se recostó contra la pared de cristal reforzado. Al verle la cara, Iougi profirió un grito de espanto. ¡La reconocía! Su fotografía había aparecido en el periódico semanas atrás, en una nota breve que informaba al vulgo que una cualquiera había sido azotada por «andar borracha a plena luz del día y provocar daños públicos incalculables» y que, posteriormente, había sido ejecutada en el palacio.

—Ochocientas cuarenta y siete, mi honorable señor —dijo en un tono suave que discordaba con la expresión cínica que portaba—. Me parece que a sus verdugos les falta creatividad.

El obeso rompió a reír con chillidos de júbilo. El sacerdote, por su parte, no podía hacer más que aferrarse al aro de acero pruso que llevaba al cuello y musitar unas oraciones. No sabía cómo se había obrado aquella imposibilidad, ni si era una bendición o una maldición. Al kogo no parecía importarle en lo más mínimo. Le propinó un entusiasmado manotazo al flaco cuerpo de su invitado.

—¡Es inmortal! —Sus ojos reflejaban algo muy parecido al hambre—. ¿No es maravilloso?

—¿C-cómo…?

—No lo sé aún. No contesta por más que la matemos de las formas más dolorosas. Hasta ahora la hemos decapitado, degollado, desollado, ahorcado, ahogado, asfixiado, aplastado, matado de sed y hambre, cortado las extremidades… —Fue contando con los dedos hasta que las opciones se hicieron demasiado numerosas—. Entre otras. Lo único que no le hace daño es el fuego.

El kogo se levantó y puso una mano sobre la pared antimagia. La mujer lo miraba con esa odiosa sonrisa y la mandíbula apretada, como si deseara poder arrancarle la garganta a mordiscos. Hubo un tintineo de cadenas que reveló sus intenciones, pero en eso se quedó; no podía salir de esa celda por más que quisiera.

—Por eso te llamé: para que descubras de qué se trata todo esto. Las maldiciones son tu especialidad, ¿correcto?

—Las posesiones, mi kogo —aclaró él con un hilillo de voz.

—Bien. —Asintió sin apartar la mirada de la mujer—. Quiero que averigües qué poseyó a esta mujer.

Su mirada evidenciaba su verdadero deseo. Para un hombre codicioso y hedonista, la inmortalidad representaba la joya más valiosa que se pudiera poseer. Como atestiguaba su excesivo tamaño, lo ostentoso de sus ropas y las muchas mujeres que tenía a su disposición, aquel hombre solo buscaba satisfacer los deseos de la carne. Más tiempo de vida le daba la oportunidad de aumentar su fortuna y obtener mayor placer de ella.

El kogo abandonó las mazmorras con sus sirvientes, asegurándose de cerrar la trampilla tras de sí para dejar que el sacerdote hiciera su trabajo. Este no sabía qué hacer en realidad. Con cierta incomodidad, acercó la silla a la celda y se sentó.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

Le sorprendió ver que su semblante se hubiera relajado tanto con la salida de su captor. Lo miraba sin hostilidad alguna y hasta movía los dedos de los pies con cierto placer, haciendo tintinear las cadenas.

—Iougi…, ¿y usted?

—Ysael —contestó ella con afabilidad. A él le pareció que aquel nombre tenía más sonidos de los que podía detectar—. No tienes por qué ser tan formal.

—Señorita Ysael. —Carraspeó al oírla reír; no sabía si se burlaba por la forma en que había pronunciado su nombre o por la formalidad.

Procedió a examinarla. Al verse objeto de su escrutinio, ella se quitó el saco de arpillera sin ningún pudor y se sentó derecha para que pudiera verla bien. Cuando una persona era poseída, el conflicto entre dos almas por el control del mismo cuerpo producía secuelas: ampollas, tumores, heridas sin explicación física. Eran signos que, aunados a otros de carácter psicológico y al desarrollo de las habilidades sobrenaturales del individuo, indicaban la presencia de un ente obcecado en adquirir un receptáculo.

El cuerpo de Ysael no mostraba herida alguna y su comportamiento era estable. Un poseso habría lanzado bolas de fuego contra las paredes aislantes hasta morir por el desgaste. Ella permanecía lúcida. No estaba poseída.

Se dio cuenta de que el cristal tenía una pequeña rendija en la parte inferior para pasar comida.

—¿Tienes sed? Tengo aquí un poco de vino de arándanos.

—¿Crees que es conveniente darle vino a una víctima de posesión?

—No creo que estés poseída.

Ella sonrió. Cuando vio que iba a darle el odre, negó con la cabeza. Alzó los brazos y el sacerdote se percató de que Ysael no tenía manos.

—Me las quitaron, por si acaso —dijo a la vez que se encogía de hombros como si fuera poca cosa—. Imagino que el kogo las conserva en su habitación.

Iougi se estremeció al evocar la imagen de unas manos flotando en una jarra llena de formaldehído. Sacudiéndose esos pensamientos, desenroscó la tapa del odre y logró encajar la boca del recipiente en un pequeño agujero de respiración. Ella estiró la cadena todo lo que pudo para llegar y se terminó todo el contenido en apenas tres tragos; así de sedienta estaba. Se recostó de nuevo contra la pared y ahí se quedó por largo rato mientras el tiempo discurría y la luna caía en el horizonte.

—¿No sientes curiosidad?

El sacerdote se tomó unos segundos para escoger sus palabras.

—Siento curiosidad por saber cómo lo lograste —admitió, jugando con el aro de acero pruso—, aunque no quiero la inmortalidad para mí.

Ella lo evaluó. Había un brillo inquietante danzando tras sus pupilas. A Iougi le recordó aquella vez que, entregado al estudio de un manuscrito antiguo en la biblioteca, miró hacia arriba y distinguió una esfera de luz. Por su color, sus instintos la catalogaron como una llama; sin embargo, flotaba sin combustible, desafiando toda lógica. No pudo sino rogar por que el fuego no se desviara y prendiera los libros. Moriría en un infierno ardiente, con los pulmones llenos de hollín y el olor de su propia carne quemada.

Nunca llegó a identificar el origen de aquella esfera, pues desapareció sin dejar rastro. El peligro había sido producto de su imaginación, pero a veces el miedo imaginado hiere más que el real.

—Eres honesto, a diferencia de otros —dijo ella pasado un momento—. Está bien, te lo contaré.

Avanzó de rodillas hacia la pared tanto como se lo permitió la cadena. Quedó todavía más cerca de lo que había estado cuando bebió del odre. Su sonrisa gatuna era más amplia aún, y cuando entró a la luz de las antorchas, el rojo de su mirada se encendió con las llamas como el sol del atardecer.

A Iougi le recorrió un escalofrío al percatarse de lo extraños que eran sus rasgos. Lo que más le inquietaba era que no podía determinar su edad. Su cuerpo tenía las curvas suaves propias de una joven a la que aún le faltan unos cuantos años para llegar a la madurez. Sin embargo, alcanzaba por lo menos el metro con ochenta centímetros. Su rostro era aún más confuso, no tanto por la mezcla de lo juvenil y lo maduro, sino por lo absurdo de que alguien pudiera vivir tanto: sus ojos eran antiguos.

La figura de una adolescente, la estatura superior a la media de una mujer adulta y la mirada de una anciana con más años vividos que toda la humanidad junta.

—La verdad es que cierto morador del cielo me maldijo…

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Reseñas:Francisco dijo en Amazon :

La nueva novela de Ana Katzen, segunda de la saga «Moradores del cielo» me ha causado una buena impresión. Por lo pronto, más madura que la anterior y con un estilo más claro cuando debe y más descriptivo cuando ha de serlo.

Javier Miró dijo en Libros Prohibidos :

Una regla que se está imponiendo en las trilogías (los lectores de sagas sabrán a lo que me refiero) es que la segunda parte es un mero puente entre la presentación del primer libro y el desenlace del tercero, un relleno necesario y conveniente para hacer caja con aquellos que quedaron enganchados. Por lo que he tenido ocasión de comprobar, la trilogía de Los moradores del cielo rompe con esa molesta (y deshonesta, y sucia, y…) práctica: en Hierro fatuo todo va hacia arriba.


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