3 consejos para escribir sobre la depresión

Últimamente he estado pensando que debería dar una explicación por mis ausencias. Estaba dándole larga al asunto porque el motivo me avergüenza y, debido a esto, intentaba convencerme de que no estaba obligada a hacerlo. ¿Cuántas personas abandonan sus blogs y se olvidan por completo de sus lectores, sin siquiera decir adiós? La gran mayoría, y yo no hago eso. Yo sencillamente desaparezco por unas semanas o meses. Encima, hablar por hablar me haría más mal que bien. Sería aburrido.

Cambié de opinión cuando entré a Google Analytics para revisar los términos que usaba la gente para llegar a mi blog y encontré esto:

Cómo expresar la depresión en una novela

Cómo expresar la depresión en una novela… La Fuerza debe de existir.

Me dije: «Bueno, a la mierda. Si puedo convertir esto en una entrada sobre cómo escribir sobre la depresión, sirve. Así mato dos pájaros de un tiro». Me pareció hasta razonable, dada mi experiencia. Las enfermedades mentales y los desórdenes cognitivos son a mi familia lo que un eslogan es para una empresa: es parte de nuestra identidad. Piensa en una enfermedad o trastorno mental y te aseguro que alguien en mi familia lo tiene: depresión, trastorno obsesivo compulsivo, trastorno bipolar, esquizofrenia, alzheimer, etc.

En mi caso particular, sufro de episodios depresivos desde la adolescencia. El primero ocurrió a los trece años y en este momento estoy atravesando otro, menos grave. Ese es mi currículo. Quiero hablar un poco sobre lo que sé y lo que he experimentado con la esperanza de que a alguien le sirva para escribir sobre la depresión sin caer en estereotipos no fundamentados.

Me gustaría empezar por un concepto básico:

¿Qué NO es la depresión?

La mayoría de la gente asocia la depresión con una tristeza profunda, lo cual es una síntesis tan compacta que resulta inadecuada. Es fácil lidiar con la tristeza. Todo lo que tienes que hacer es dejar pasar el tiempo y buscar apoyo; por lo general, basta hablar con un amigo íntimo o sobre el motivo de tu congoja y, quizá, un abrazo largo para aliviar el dolor.

Si bien la depresión puede venir ligada a la tristeza, es una enfermedad multifactorial que se manifiesta en decenas de formas. Por lo general, una persona puede ser diagnosticada si el episodio ha durado más de dos semanas y presenta dos de los siguientes tres síntomas típicos de la depresión:

  • Ánimo o humor depresivo no habitual en el paciente, constante durante todo el día y mantenido en el tiempo de forma casi constante.
  • Pérdida o ausencia de interés por actividades anteriormente placenteras.
  • Aumento de la capacidad de fatiga, o pérdida de la vitalidad habitual.

La depresión NO es solo tristeza. Quiero hacer énfasis en esto porque son muchos los autores que creen que el deprimido piensa: «Ohhh, Diooos, la vida es puro sufrimientoooo. Me quiero moriiiir» mientras escucha el último album de Bullet for My Valentine a todo volumen. En muchos casos, el síntoma predominante no es el llanto, sino la pérdida del interés en todo y la incapacidad de disfrutar nada, lo cual no es sufrimiento en el sentido convencional de la palabra. Es vacío.

A modo de ilustración, volvamos a la analogía del amigo. Imagina que visitas a ese amigo que acabo de mencionar  y que abrazarlo no te trae emoción alguna; para empezar, tampoco te entusiasmaba ir a verlo, así como no te entusiasma ese trabajo que antes te apasionaba ni tienes ganas de seguir con tus pasatiempos. En resumen, nada te trae alegría ni dolor. No sientes nada y, por ende, no te importa nada.

Francamente, querida, me importa un carajo.

Francamente, querida, me importa un carajo.

Eso es la depresión.  Es experimentar una vida color sepia a través de una cortina de niebla densa que convierte toda melodía, por más bella que sea, en una disonancia amortiguada.

Incluso cuando haces esta aclaración, hay muchos que insisten en llenar el vacío con optimismo y felicidad, sin comprender que son elementos que una persona deprimida no puede experimentar. Creen que no sientes nada porque no quieres sentir nada. No ven que hay una gran diferencia entre poder decir «No me importa un carajo» y solo ser capaz de decir «No me importa un carajo». Intentaré explicar la diferencia con el mejor ejemplo que conozco: yo.

Evolución de un episodio depresivo

Como dije más arriba, sufrí mi primer episodio a los trece años. Desconozco si hubo una causa o un conjunto de ellas; lo segundo me parece más razonable, dado que no hubo ningún evento relevante en mi vida en ese momento. El hecho es que un día descubrí que tenía una pila de libros por leer, lo cual era atípico de mí. Yo nunca apartaba un libro. Iba a la librería y empezaba a leer antes de siquiera llegar a casa; entraba a mi habitación ya con las primeras veinte páginas leídas y, a los dos días, lo había terminado.

Sin embargo, ahí estaban esas lecturas acumuladas, mundos desconocidos que prometían trepidantes aventuras, y yo las había postergado por días. Semanas. Recuerdo haber tomado uno de esos libros e intentado leerlo solo para descubrir, no sin extrañeza, que no quería seguir leyendo aunque parecía el tipo de novela que solía devorar en menos de un día.

Este desgano se extendió a todas las áreas de mi vida: lectura, videojuegos, artes marciales, estudios, relaciones interpersonales. Antes de darme cuenta, me había convertido en una cámara oscura que solo albergaba el fantasma de un sueño para el futuro, un conato de persona incapaz de disfrutar nada porque mi día a día era el estado sólido del aburrimiento.

Cuando le conté sobre esta extraña condición a mi mejor amiga, ella intentó aconsejarme de la mejor manera que pudo: indicándome que solo debía intentar. Me invitó a jugar tenis porque sabía que a mí me gustaba el deporte e hicimos un montón de cosas juntas que mi antigua yo disfrutaría. Lo que a ella le resultaba imposible comprender es que por más que lo intentara, no sentía nada. Y créeme que lo intentaba. Me forcé a leer, a jugar, a estar con gente.

Todo esto solo contribuyó a acrecentar mi desgano porque para ese entonces ya se había asentado otro síntoma asociado a la depresión: la fatigabilidad. Sufría de insomnio, por lo que me costaba un mundo levantarme por las mañanas y permanecer despierta durante las clases. Tomaba siestas en las tardes, pero no era suficiente. Siempre estaba cansada.

Para empeorar las cosas, incluso estar con mis amigos o con cualquier otra persona representaba un esfuerzo de lo más agotador. El ser humano es una criatura sociable capaz de revivir en carne propia las emociones de los demás, pero para que esto funcione, necesita sentimientos. ¿Mencioné que los míos estaban muertos? Sí, ¿verdad? Te imaginarás lo que me costaba no ser capaz de confiar siquiera en mis escasas habilidades sociales, esas que al menos me hacían capaz de sonreír cuando alguien me sonreía. El simple acto de charlar se convirtió en un suplicio. Y ni hablemos de las conversaciones cargadas:

—¡Me gané la lotería!
«Tengo que sonreír… ¡Sonríe!».
—Pero lo perdí todo en una apuesta…
«Eso es malo, ¿no? ¿Qué tan malo? ¿Debería llorar?»
—Y luego murió mi perrito Spot…
«Está llorando. Ahora debería abrazarla y llorar yo también, ¿no? No puedo llorar…».
—¿Estás sonriendo?
«Maldita sea».

Tener que ser consciente de todos los mecanismos que deberían ser automáticos se hizo tan agotador que me aparté de todo el mundo. Cuando participaba en una conversación, era solo porque alguien me preguntaba algo y respondía con un monosílabo.

Introverted people

De Dr. Campbell’s Guide to Understanding Introverted People

Como ni siquiera era capaz de disfrutar los pasatiempos que antes me habían mantenido despierta hasta las dos de la mañana, dejó de importarme mi futuro también. De estudiante modelo me convertí en alumna mediocre, lo cual jugó en mi contra porque ahora los profesores también estaban preocupados y me sometían a largas charlas motivacionales en las que intentaban determinar el motivo de mi apatía. Estaban convencidos de que abusaban de mí. Yo solo quería que dejaran de intentar reparar lo que creían que estaba roto dentro de mí. No había nada roto. Sencillamente, no estaba.

Así, un día se mezclaba con otro, y salir con toda la clase a una excursión de campo me generaba la misma emoción que estar acostada en mi cama mirando el techo. Estaba aburrida, me sentía sola y no tenía los mecanismos necesarios para dejar de estar aburrida y sentirme sola. Estaba perdida en la niebla.

Pensamientos suicidas

La verdad es que recuerdo muy poco de mis momentos más bajos, cuando no era capaz de sentir nada. Imagino que será difícil para tu cerebro decidir qué información almacenar a largo plazo cuando ninguno de tus recuerdos es relevante.

Sí recuerdo haberme levantado de la cama un día y mirar mis propios ojos en el espejo. Lo hice sin el escrutinio propio de los adolescentes, acomplejados por el acné o por la ambigüedad de su atractivo. Solo me miré por largo rato. Y pensé: «Si mi expectativa de vida es promedio, moriré en 50 o 60 años». Entre 50 y 60 años de vacío sórdido. Era más de lo que podía soportar.

No pensé en acabar con mi vida porque eso implica esfuerzo. Más bien, pensé en lo conveniente que sería desaparecer de algún modo, pero aquello fue suficiente para darme cuenta de que hay una línea muy fina entre «Quiero desaparecer» y «Me mato esta noche».

Recuperación

¿Cómo decirle a tus padres que no quieres seguir viviendo? No hay forma de suavizar esta revelación ominosa, así que lo hice de la única forma que se me ocurrió: con total honestidad. Fui a la sala, encontré a mi madre y le dije que no quería seguir existiendo; no le dije que dudaba que llegara a los 15 si mi vida continuaba de ese modo, pero lo captó de inmediato y se puso a llorar. Claro, como yo no recordaba siquiera cómo se sentía llorar, no estaba preparada para ofrecer alguna palabra de aliento. Solo pude sentarme junto a ella mientras me abrazaba. Al final, me dijo:

—Vamos al psicólogo.
—No —le respondí. De inmediato busqué una excusa para no tener que salir de la casa—. Los psicólogos son para locos.
—Pues te prefiero loca a muerta.

Es que nunca le he podido ganar una discusión a mi madre…

Me llevó a una psicóloga, quien, tras unas pocas sesiones, me dio por caso perdido y me remitió a la psiquiatra, quien, tras unas pocas sesiones, también me dio por perdida y me remitió al tratamiento de preferencia por los psiquiatras: Prozac.

Y mi vida fue:

giphy

Pongo ese gif porque así se sintió para mí, pero puede que te imagines que mis emociones volvieron todas juntas y me elevé en el aire de felicidad y crucé el puente de arcoiris hacia el país de los malvaviscos rosa.

En realidad, mis emociones no volvieron de la noche a la mañana y no volvieron todas al mismo tiempo. Fue un proceso tan asimétrico y extraño que, los primeros días, mis padres llegaron a pensar que el Prozac me estaba haciendo más mal que bien.

La primera emoción que volvió fue la rabia. Sí, la rabia.

El primer indicio de que yo ya no poseía la misma capacidad emocional que una mesa de noche ocurrió cuando una de mis profesoras me acorraló en su oficina y se lanzó a darme la charla motivacional más larga de toda mi vida. Me recordó lo buena estudiante que era, mi participación en las actividades escolares, mi alegría (ah, pero mi sarcasmo no. Como a nadie le gustaba, ese ninguno me lo recordaba), etc., etc.

Posteriormente, me repitió que solo debía intentar sentirme mejor, preocuparme por mi futuro. Era una retahíla que me sabía de memoria, que en todo momento me había provocado tedio y nunca irritación. Pese a esto, algo en sus palabras y gestos logró que en mí surgiera el inesperado impulso de darle una bofetada a lo Batman.

batman slap

Este súbito impulso me tomó por sorpresa, lo cual a su vez acrecentó mi irritación y mi incapacidad para controlarla. Tranquilo, no la abofeteé. Solo la llamé vieja metiche, le enseñé el dedo del medio mientras abría la puerta y me fui dando un portazo. Mi primer atisbo de emoción auténtica se me antojó delicioso. Glorioso. Incluso cuando mis padres fueron citados y tuve que soportar el sermón del rector y ellos, no me retracté. De hecho, comencé a tenerles rabia a ellos también y a todo el que se me acercara para darme un consejo para lidiar con mi depresión.

Pasé los siguientes dos o tres días en un estado de odio perpetuo. Si en esa época aún creyera en algún ente misterioso que cumplía tus deseos en Navidades, mi carta a San Nicolás hubiera sido:

Querido Santa Claus,

Este año he sido una niña muy buena. Hazme el favor y quémalo todo. Todo. Mándalo todo a la verga.

Con cariño,
Ana

P.D.: Vete a la verga tú también, gordo de mierda.

Poco después, mientras estaba perdida en una de mis ensoñaciones vacuas con la mirada repasando el techo, me di cuenta de que mi visión estaba borrosa. Lloraba. El motivo no es relevante; ni siquiera lo había. Lloraba por llorar. Mi cerebro por fin había recordado cómo enviar una señal a mis conductos lagrimales para iniciar el llanto. Hey, progreso.

Sin embargo, lo más espectacular ocurrió en un momento inesperado, una tarde en la que encendí el televisor y sintonicé el ahora difunto Animax. Estaban emitiendo un anime desconocido* y, por lo podía apreciar, aquel no era el primer capítulo. Pese a esto, seguí mirando.

Me reí.

Al principio fue una risita sofocada, la llamita que desató el incendio. Lo inesperado de oír aquel sonido inició un círculo vicioso de carcajadas sorpresivas cuyo volumen me instaba a reír con más fuerza. Fue algo así como:

Risita → Alegría y sorpresa → Carcajada → Más alegría y sorpresa → Risa de bruja → Explosión multidimensional

Me reí como bruja. Me reí tanto que lloré y me dolió la barriga. Fue increíble.

Mi recuperación fue rápida si se contrasta con los ocho meses que pasé experimentando el mismo abanico de emociones que un abanico (Ba-Dum-Tsss). A las tres o cuatro semanas, ya podía relacionarme con los demás sin más problemas que mi propia torpeza social. Hubo abrazos y disculpas.

Pero nunca me disculpé con esa profesora a la que llamé vieja metiche. Era una vieja metiche.

No necesité Prozac para lidiar con los demás episodios. Una vez estuve recuperada, la psiquiatra pudo trabajar conmigo y me ayudó a desarrollar mecanismos a nivel cognitivo para evitar caer en un episodio y disminuir la gravedad de aquellos que me tomaran por sorpresa. En los últimos tiempos he visto un montón de artículos que afirman que la depresión no tiene factores genéticos o biológicos, solo cognitivos, mas no  he visto ningún estudio revisado por pares que respalde esta nueva ola de páginas web sobre la salud física y mental.

El hecho es que sigo sufriendo de depresión, pero ningún episodio ha sido tan grave como el primero.

*Si alguien tiene curiosidad, el anime al que me refiero es Full Metal Panic? Fumoffu. Estaban pasando el episodio 7, el de rugby. No tiene precio.

Una aclaración importante

Sé que ya debes estar harto de oír esto, pero la depresión es una enfermedad compleja. Si bien los tres síntomas que mencioné al principio son usados para diagnosticarla, hay muchos otros involucrados. Échale un vistazo a una lista más completa aquí. Buscar historias reales de gente que ha sufrido de depresión te ayudará a comprender mejor la forma en que puede manifestarse.

Investiga al respecto.

Cómo escribir sobre la depresión

Bueno, ahora sí, a lo que vinimos. Escribir sobre la depresión no es tarea fácil por diversos motivos, siendo el principal la evidente apatía que demuestra una persona con esta enfermedad. Ya lo he dicho antes: el conflicto es el motor de la historia, y nace de los deseos imposibles de los personajes. Dada esta comparación, sería válido asumir que una historia con un personaje sin deseos no podrá atrapar la atención del lector.

Sin embargo, no sería sabio dar por supuesto que no puedes atrapar la atención del lector solo porque tu historia cuenta con un personaje con esta enfermedad o trata sobre su vida. Aquí te doy unos consejos para escribir sobre la depresión:

1. No te extiendas

La prolongación excesiva de la historia es un síndrome del que padecemos casi todos los novelistas, en especial aquellos que no nos entrenamos en el arte del cuento. De adolescentes leímos novelas de 600 páginas y se nos quedó grabado en el subconsciente que toda buena obra debe tener al menos diez párrafos que describan los distintos tipos de plantas que había en la selva encantada.

Si el enfoque de tu historia será la depresión en sí, es probable que la mayoría de tus escenas sean de carácter introspectivo, tipo de escritura que se beneficia de la prosa breve. En lugar de escribir párrafo tras párrafo de información innecesaria, limítate a oraciones concisas que corroboren el estado mental del personaje. Para esta labor, recomiendo que leas el apartado Depression de The Emotion Thesaurus, libro que no está en español.

En vista de que es preferible no extenderse, te sugiero que primero escribas un cuento sobre la depresión. Así al menos puedes tantear la superficie antes de sumergirte de lleno en una novela. Además, no hay nada que una novela pueda lograr que un relato no. Es preferible un cuento demoledor a un ladrillo aburrido que va a terminar sirviendo para mantener la puerta abierta.

2. No uses la depresión para definir a tu personaje

Limitarse a definir a un personaje con adjetivos es un truco barato: Tom era un chico alegre; Ana estaba deprimida. Nada de eso. Un personaje bien elaborado es mucho más complejo que cualquier emoción o una enfermedad mental. No negaré que es difícil no caer en este error porque, a diferencia de cualquier otro sentimiento, la depresión abarca un compendio de actitudes y pensamientos que pueden afectar los distintos ámbitos de la vida cotidiana, desde las relaciones interpersonales hasta el trabajo. Sin embargo, sería un error definir a una persona por una enfermedad mental o cognitiva.

Este error es el opuesto del primero: si en el anterior el escritor se extiende, en este recorta demasiado. El que sale sufriendo es el personaje, que resultará tan plano que el lector no podrá conectar con él. Piensa: antes de este episodio depresivo, ¿quién era este personaje? ¿Qué hacía? ¿Qué quería ser o hacer en el futuro? ¿Cuáles son sus debilidades y fortalezas?

Elabora a este personaje como crearías a cualquier otro y luego piensa cómo se comportaría si estuviera deprimido.

3. Crea un conflicto a partir de otros personajes

Seamos honestos: «mi personaje está deprimido» no es un argumento. No nos gusta que las cosas pasen, sino que los personajes actúen. Si la introspección no es lo tuyo y tu historia necesita un argumento para enganchar al lector, lo más probable es que necesites otros personajes. Recurrir a esta técnica resulta conveniente porque es lo que ocurre en realidad: una persona deprimida prefiere retraerse; sus familiares y amigos bien podrían ser quienes empujan la trama. La trama podría incluso estar completamente desligada de la depresión.

Este es el enfoque empleado en la mayoría de las historias. Un ejemplo de esto es la película Little Miss Sunshine. El argumento no se centra en Frank, el personaje que acaba de intentar cometer suicidio, ni en ninguno de los otros. Cada uno tiene su dosis de protagonismo y el objetivo de la familia en sí es llevar a Olive, la más pequeña, al concurso de belleza “Little Miss Sunshine” en California.

Así como Little Miss Sunshine, hay muchas historias de todos los géneros con personajes que padecen de depresión. Sí, incluso en la comedia. ¿Alguien se acuerda de Marvin, de La guía del viajero intergaláctico (este personaje sí es definido por su enfermedad, pero vamos, es comedia)?

Mi punto es: hay mil y un formas de escribir sobre la depresión, centenares de enfoques y combinaciones posibles. Puedes tratarla como trama principal o subtrama. Puedes escribir una historia introspectiva o una completa locura como La guía del viajero intergaláctico. Eres libre de hacer lo que quieras. Escribir sobre la depresión no tiene que limitarte a un género o estilo.

Espero haberte ayudado con esta entrada.

P.D.: por si acaso no quedó claro: si desaparezco por un par de meses, lo más probable es que se deba a un episodio depresivo, lo cual me obliga a usar mi energía para lo básico mientras lidio con el asunto. Necesito trabajar y mantener mis relaciones. No es que a ustedes no los quiera, pero si no organizo mis prioridades, caigo en un pozo. Y es algo que no quiero repetir. Quiero morir a los ochenta años comiéndome una bandeja entera de beicon.

22 comentarios

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  • Hola, Ana, te leo desde hace mucho tiempo ya. Me ha gustado mucho tu entrada porque me ha venido “como anillo al dedo”. Hace ya una semana que me siento tan jodida que empecé a pensar que no era simple pena y que me pasaba algo más grave… y me asusté cuando me sorprendí a mí misma teniendo ideas suicidas, porque no hay futuro para mí ni nada por lo que luchar. Me puse a buscar por internet a ver si es que estoy deprimida en término médico y justo he visto que has publicado esta entrada.

    Bueno, comparándome contigo yo sí siento cosas. De hecho me paso el día y la noche llorando, hasta me cuesta disimularlo en el trabajo… y duermo bien, de hecho me estaría durmiendo todo el día si pudiera. Y sí tengo un detonante, pues desde principios de verano voy en picado y sin frenos. Así que espero que sólo sea que soy una melodramática y que estoy pasando una fase asquerosa.

    En fin, que me parece que has escrito una entrada muy valiente que ayudará a muchos lectores. Y por cierto, en mi opinión crear a un personaje con depresión es un reto difícil… sería complicado no caer en tópicos o hacerlo creíble.

    • Siento oír eso. Podría ser depresión. Te recomiendo que acudas a un profesional. La depresión puede desvanecerse por sí misma, pero cuando tienes pensamientos suicidas, no hay que tentar a la suerte. Además, un terapeuta puede ayudarte a desahogarte.

      Yo también creo que crear a un personaje con depresión puede ser difícil, y cuanto más enfoques la historia en su enfermedad, más complicado se hace llevarla a buen puerto. Sin embargo, es posible, y lo que pretendo con esta entrada es dar testimonio y ayudar al que esté interesado en escribir sobre esto.

      Un abrazo.

  • Ana, pasmado me he quedado.
    En primer lugar, me parece tremendamente valiente esta entrada.
    Por otra parte, es muy esclarecedora. Tener un testimonio de primera mano de alguien que además es escritor es muy valioso, y, por tanto, de agradecer.
    Por último, mi más sincero deseo de mejoría ―sin tratar de ser un «metiche»― y esperaré que vuelvas cuando puedas.
    Un abrazo.

    • Gracias. Lo peor ya pasó a inicios de enero. Poco a poco he ido recuperando la capacidad de concentrarme, que es lo que más me afecta; por eso tengo que recortar mis responsabilidades y ver cómo hago para al menos hacer mi trabajo bien, que es lo que me da de comer.

      En todo caso, ya estoy mejorando.

      Un abrazo.

  • Vaya, francamente no me lo esperaba, tenemos en común más de lo que creía. También sufro de depresión, empecé alrededor de los 9 años, por lo general no son episodios muy fuertes pero son bastante largos y mi nivel de estrés aumenta con mucha facilidad. Mi familia también padece de enfermedades mentales, aunque se limita a depresión, esquizofrenia y TOC; lo que sí tenemos por montón es cáncer, toda clase de cáncer, ya hasta perdí la cuenta.

    Me parece un artículo muy esclarecedor, los detalles de las enfermedades mentales no son de conocimiento general y es muy común que la gente tenga creencias erróneas, que no es malo pero si se va colocar un tema en el centro de un escrito (sea literario o no) es necesario conocerlo a fondo.

    Me molesta, y mucho, cuando un autor decide escribir sobre la depresión y lo que narra no tiene nada en relación con la realidad. Lo mínimo que se espera de un escritor es que sepa de qué está hablando y una cosa es que la historia no sea interesante o esté mal escrita y otra es decir cosas que no son ciertas, eso mismo contribuye a la mal información de los lectores y, en mi opinión, es tratar la enfermedad como si no tuviera importancia alguna. Investigar bien el tema del que vas a escribir demuestra verdadero interés y compromiso por querer crear una historia verosímil y de calidad.

    P.d.: Dato curioso, la fatiga es producto de estar expuesto al estrés por un período de tiempo muy extenso. El estrés por sí solo es natural y el cuerpo lo soporta e incluso necesita por períodos cortos, pero cuando dura demasiado, el cuerpo trabaja tanto que agota las fuerzas de la persona. También (esto me lo dijo mi psicólogo, el tipo es un crack y explica todo), una persona en estado depresivo suele obligarse a socializar pero como no logra hacerlo de forma natural tiene que razonar cada una de sus acciones y este trabajo constante del cerebro, obviamente, es extenuante.

    • Pues hay que ver que la genética nos jode a algunos más que a otros, ¿eh?

      A mí también me molesta cuando un autor pretende escribir sobre alguna enfermedad mental y termina haciendo una caricatura de la realidad. Es algo que no debería ocurrir cuando hay tantos recursos disponibles: libros, revistas de psicología, páginas especializadas, blogs, foros… o sea, hay de todo. Así como un autor de novela histórica pasa meses investigando para su nueva obra, un escritor que pretenda crear una historia sobre el tema debería, cuando menos, saber definir la enfermedad sobre la cual está escribiendo.

      Esta falta de información es bastante común en los escritores más jóvenes, sobre todo entre los fanficers y demás grupos que pululan en páginas como Wattpad. Lees novelas eróticas en las que el tipo mete el pene en un clítoris y cosas así y una se pregunta si las autoras saben que eso no es un agujero.

      Necesito a tu psicólogo. Desde que me mudé a los Estados Unidos, no he encontrado uno que no quiera llenarme hasta la coronilla de Prozac. Y sí, el Prozac me salvó la primera vez, pero tiene algunos efectos secundarios que no le deseo ni a mi peor enemigo.

      Un abrazo.

  • Juraría que me ha llevado aquí una cadena de casualidades, así que me siento en la extraña obligación de comentar.

    El otro día te conocí por las redes, compartí la noticia de tus libros en promoción, los guardé en el Kindle; ayer mismo actualicé con ellos mi lista de libros por leer de Goodreads; también compré finalmente Scrivener, que me hace más falta que nunca. No es mi intención aburrirte, es la cadena que mencionaba. Ahora mismo buscaba información sobre Scrivener, lo que me llevó a ti. Sin embargo, soy muy de ir pinchando y leer el título de este artículo ha detenido el mundo.

    Yo también he conocido la depresión de primera mano, en mi madre, hasta que me tocó sufrirla a mí también (algo en los genes puede que haya, he tenido más familiares con problemas similares). Podía hacerme una idea de que no era tan sencillo como se le antojaba a mucha gente, tenía suficiente empatía como para advertir en mi madre mucho más que simple melancolía. Yo llevo varios años, mejor o peor, y finalmente había decidido pedir ayuda profesional. Leerte me ha hecho sentir muchas cosas. Afortunadamente, además de sentirme en muchos aspectos como si estuviera muerto por dentro, tengo un espectro de emociones que funcionan como una montaña rusa, y sin avisar. Cada persona lo vive de forma similar pero diferente. En definitiva, me siento agradecido por que hayas compartido tu experiencia.

    Hace un tiempo pensé en escribir en mi blog una entrada sobre los beneficios de escribir para afrontar la depresión. Por eso también me llamó poderosamente la atención esta entrada. No es exactamente lo que pensé en un principio, pero sigo documentándome de vez en cuando; y seguro que tienes bastante que aportar al respecto. Escribir como trabajo cuando estás deprimido se puede hacer cuesta arriba, pero desde otro punto de vista puede ser liberador. Si en algún momento te apetece una charla, tienes mi correo :)

    • Lamento oír que sufras de depresión; al mismo tiempo, es bueno oír que estás buscando ayuda profesional. Un buen psicólogo puede ser un desahogo y ayudarte a recuperar tu calidad de vida.

      En mi caso, la escritura no funciona como terapia justamente porque no siento nada, y al menos yo necesito de mis emociones para escribir. De otro modo, las escenas me salen planas. Sin embargo, me encantaría leer un artículo al respecto, sobre tu proceso creativo y cómo te ayuda. Cualquier cosa, me avisas :)

  • ¡Hola, Ana!

    Tu entrada ha sido bastante esclarecedora, muy recomendado para aquellos escritores que quieren crear un personaje que sufra depresión y no sepan cómo abordarlo. Hace tiempo escribía por el “impulso” de escribir (seguramente ni me explique con esto jajaja): no había muchos filtros y siempre ponía a un protagonista en ciertas situaciones. Sin embargo, hace relativamente poco empecé a interesarme por crear personajes un poco más complejos, pero también más reales y desde que creé a mi primer personaje bipolar para un foro de rol, estuve documentándome bastante sobre el tema para que todo el que me leyera pudiera ver real al personaje. Sobre todo, aquellos que supieran cómo era sufrir ese trastorno (fuera o no por ellos mismos o por terceras personas). También he tenido la… bueno, no sé si llamarlo suerte o desgracia; de haber estado con alguien que tenía una enfermedad de esas características (no la bipolar, sino la que describes, aunque según tengo entendido era una enfermedad un poco extraña) y algo he aprendido.

    Desde que empecé a investigar sobre las enfermedad mentales, he llegado a la conclusión de que si leo algo sin sentido, dejo de leer inmediatamente por la falta de información del autor. También llegué a crear un personaje con TOC y también me documenté (he de decir que es el personaje que más me cuesta llevar, pero disfruto mucho metiéndome en su piel y en su mente, así que se perdona xD).

    En fin, que me enrollo más que una persiana. Muy acertada la entrada, la guardo en mis favoritos para consultarla más adelante (por si acaso). Al menos, ya sabré el motivo de tus próximas ausencias ^^

    Saludos.

    • Muchas gracias. Me alegra que te haya parecido esclarecedora. Escribir sobre las enfermedades mentales no es fácil, pero no por ello nos debemos contentar con leer historias que son más bien caricaturas de la vida real.

      ¡Un saludo!

  • Hace no mucho leía una novela juvenil que recientemente ganó el Premio Gran Angular de México, que a diferencia de lo que ocurre con el de España, casi siempre se lo dan a libros que tratan de ser muy edgy. Va de una adolescente deprimida, desde que es diagnosticada hasta que empieza a ver mejoría. Habrás visto la reseña en Goodreads, pero, solo por reiterar, me pareció un desastre. Ahora entiendo que fue más por méritos literarios que otra cosa, porque no es que la autora no supiera qué es una depresión –ella misma la sufrió y por eso escribió el libro. Después llegué a la conclusión obvia de que es absurdo asumir que todos viven este problema de la misma manera y por eso es que la posibilidad del fracaso es muy alta. El riesgo es que tus lectores no sientan empatía por el personaje sobre quien recae el problema.

    Por otro lado, hay grandes novelas con personajes deprimidos cuyo tema principal no es la depresión. La bestia del corazón de Herta Müller es una espiral hacia el desarraigo. El grito silencioso de Kenzaburo Oe es un paseo por el infierno de la mente humana. El extranjero de Albert Camus parte de un personaje vacío. Lo mismo Ampliación del campo de batalla de Michell Houellebecq (y me parece que no hay protagonista de este hombre que esté libre de eso). Y una obra menor, digamos, pero que a mí, contra lo que digan los elitistas, me encanta: Norwegian Wood de Murakami.

    También está la opción de la comedia y el autodesprecio. No me canso de decir que la novela de Welcome to the N.H.K. de Tatsuhiko Takimoto es buenísima. Qué más depresión y falta de sentido que la que hay en un hikikikomori. Muchos conocen la historia por el anime (excelente) y el manga, pero la novela es una joya, más humana, más negra. Su virtud está en que no se regodea de la miseria, se burla de ella, pero al mismo tiempo la explora con una gran sinceridad.

    • Dada mi familiaridad con esta enfermedad, no me atrae la idea de leer una novela entera sobre la vida de un personaje con depresión. Ahora bien, las que sugieres se ven interesantes justo porque la depresión no es el tema central. Admito que hay circunstancias que podrían actuar de “gatillo” y desencadenar un episodio depresivo, pero que una novela trate sobre la depresión que se pretenda ser “seria” y termine ilustrando una caricatura, no, gracias.

      Parece que acá venden Welcome to the N.H.K. 24 dólares en Amazon. FML.

  • Luchar contra nuestros demonios nunca es fácil. Solo por hacerlo y que además lo compartas con tus lectores te hace merecedora de reverencias.
    Muy buen artículo. En muchos sentidos.

  • ¡Hola, Ana! Contaré mi historia de manera breve: estaba en internet por tu twitter y vi el encabezado. Como desde hace mucho he querido hacer una historia en piel de alguien con algún tipo de padecimiento mental, pero nunca he sabido como. Obviamente no dudé en hacerle click. Y no me arrepiento de ello.
    Muy buen artículo, muy interesante, blablablah. Todo lo de los comentarios anteriores. Yo veo bastante difícil escribir sobre cosas que impactan de manera tan radical en las vidas de las personas, aún más cuando se trata de situaciones delicadas, importantes, puntos de vista, etcétera. Y por eso mismo aprecio el tiempo que invertiste en escribir este artículo de calidad y bien redactado (a diferencia de mi comentario).
    El caso es que el hacer a la gente identificarse con los textos es algo que yo admiro. Muchas gracias por todo. Por tus libros, por tus blogs, tu sarcasmo, la revista… Todo.
    Si pasa algo no dudes en contactarnos a nosotros, los lectores. Quién sabe, tal vez podamos ayudar.
    Espero que sigas estable por mucho tiempo y que el beicon no se te queme nunca. xD
    ¡Adiós! n-n

    • Se ve difícil, pero no imposible. Otros lo han hecho. Cronos dejó una lista de obras con personajes deprimidos que le parecieron notables, y yo confío en su criterio. Si quieres estudiar más al respecto, te recomiendo que te eduques sobre la depresión y le eches un vistazo a esas novelas.

  • Hola Ana, en primer lugar me alegro muchísimo por tu recuperación, y mucho ánimo con la depresión. Como estudiante de psicología comprendo la gravedad del asunto. Un amigo mío está mostrando síntomas de episodios maniaco-depresivos (y espero que no sea eso, la verdad, pero le he convencido para que vaya a que lo evalúen), pero aparte de eso yo no tengo apenas contacto con la depresión. Sin embargo, justo ayer mismo sentí justo lo que describes, esa apatía absoluta e incapacidad para sentir nada, que todo te aburra y no me interese nada de lo que siempre me había interesado. No era la primera vez, pero por suerte no me suelen durar más de un día. Aunque creo que es una buena muestra de lo que se “no siente” con la depresión.
    Gracias por tu valiente confesión y por tus consejos. La protagonista de la trilogía que estoy escribiendo sufrirá al menos un episodio de depresión, y me vienen perfectos para terminar de perfilar su ánimo en esos momentos.

    • Hola Guillermo. Gracias por los ánimos. Espero que tu amigo no padezca de esa condición, que la verdad puede ser atroz. La gran mayoría de nosotros tiene días en los que nuestro estado de ánimo encaja con el primer síntoma de la depresión. Es algo normal. El problema viene cuando se extiende y no sabes cuándo vas a ver la luz al final del túnel.

      Me alegra saber que mi entrada te haya ayudado.

  • ¡Hola Ana!:
    Hacía mil que no me pasaba por aquí. De hecho, me hice con tu libro Cazador y Presa con la idea de leerlo y reseñarlo, pero entre unas cosas y otras no pudo ser.
    Me cuesta mantener el blog, me cuesta muchas cosas, la verdad. Hoy he encontrado el enlace a esta entrada en Goodreads y he entrado sin pensarlo. Agradezco la forma tan sincera en la que te has abierto a nosotras y nos has contado algo así.
    Me sentía fatal conmigo misma por sentirme mal y no poder solucionarlo, me siento una vaga y una floja por esta pérdida de ganas y motivación.
    No es que leerte lo haya solucionado todo, pero me ha hecho sentirme menos sola en esto.
    ¡Muchísimas gracias por contarnoslo y muchísimo ánimo!

  • Qué tal, Ana.
    Es la primera vez que escribo un comentario en tu blog (que no significa que no me gusten tus posts; me encantan).
    Me siento agradecido, sino honrado, que nos muestres algo que sé que ha sido para ti difícil de contar.
    Por lo general no leo posts sobre cosas que ya conozco (como depresión, desde un punto de vista mecánico, ya que estudio medicina y las enfermedades psiquiátricas las estudiamos constantemente), pero entré por curiosidad; como dije, me gustan tus posts.
    Me ha gustado mucho este post, porque más que enseñarnos algo sobre escritura, nos has enseñado un pequeño trazo de ti misma. Espero que podamos seguir conociéndote con el tiempo. Éxitos en tu vida, y sé feliz.

    P. D.: Si algún día te llega una carta anónima pidiéndote matrimonio, no seré yo.

    • Hola Luis. Muchas gracias por tu comentario. En un principio no quise explayarme tanto en lo personal, pero eso fue lo que terminó saliendo porque solo puedo hablar desde mi propia experiencia. Además, no creo que haya sido malo. Parece que a algunos lectores les ayudó.

      ¡Gracias por comentar!

      P.D.: Ya he recibido esas cartas… o sea, ¿no eras tú?

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