Setanta

Se dice que la gente del Clan del Halcón tiene el alma helada; que su sangre no fluye caliente; que sus huesos están hechos del hielo que cubre las montañas cuyas cumbres rozan el cielo con sus garras blancas. Nadie sabría decir exactamente por qué, pero lo cierto es que a Signior Saent, cabeza de la familia, nunca se lo vio sonreír. Su esposa, una mujer del Clan del Lobo, nada pudo hacer para cambiar la solemnidad férrea de su cónyuge y acabó marchitándose entre las paredes de piedra de la fortaleza. Sus dos hijos varones nacieron con la misma expresión impertérrita, así como su hija menor, Setanta.
Pero a ella sí se la oyó reír. Una vez.
Como su padre, tenía unos ojos del color del acero pruso, pero en todo lo demás era idéntica a su madre. De haber nacido en el seno de los lobos, tal vez habría gozado de una infancia repleta de alegrías, riendo como lo hace cualquier niño pequeño. Pero era Setanta del Halcón, por lo que su padre asumió cada aspecto de su vida y la sometió a una educación rigurosa tan pronto vocalizó su primera palabra. A los cuatro años conocía los movimientos de los primeros quince jiria del Senra’Dei; a los cinco podía leer los más de tres mil caracteres que conformaban el sistema escrito; a los seis aprendió a tocar el arpa norteña con una habilidad encomiable.
Setanta asimilaba información mucho más rápido que sus hermanos mayores y era, además, sumisa en su actitud, pero de parte de su padre no hubo jamás un beso amoroso, una palabra de aliento o siquiera un conato de sonrisa. Exceder las expectativas estaba dentro de las expectativas.
A los siete años aprendió su lección más valiosa, una que recordaría toda la vida.
Su señor padre salió de caza a lomos de su corcel, de un blanco inmaculado, y seguido por sus perros lobo. Con él iban sus dos hijos y cuatro señores de otras casas, solemnes de expresión y altivos de porte. Cuando hubo cesado el repiqueteo de los cascos y los ladridos ansiosos de la jauría, Setanta se atrevió a alzar la cabeza del libro que había estado estudiando, sintiéndose ligera de hombros. Las paredes le parecían más anchas, y la luz que entraba por la ventana, más clara.
Estiró la espalda y giró la cabeza para desentumecer su fino cuello. Una vez sus vértebras dieron un crujido que le resultó agradable, se recostó en el mullido sillón y respiró hondo; el olor a libros, madera barnizada e incienso no podía tapar ya el del invierno que bajaba a grandes trancos de la montaña. Lanzó una mirada tímida hacia la ventana. Caían diminutos copos de nieve, dispersos entre sí.
«Está nevando», se dijo a la vez que se levantaba para acercarse a la ventana y asomarse al jardín. El manto blanco del invierno se extendía desde las montañas y cubría el valle; la nieve salpicaba también los adoquines del patio, y un corro de niños la amontonaban con sus manos para arrojársela entre ellos. Le llegaba el sonido estridente y agudo de sus risas, y aún de lejos podía ver la curva de sus bocas. Setanta observó su propio reflejo en el cristal, poniendo atención a cada una de sus facciones, e intentó emular aquella expresión tan poco familiar. El resultado fue más una mueca que una sonrisa.
Volvió a su escritorio, sobre cuya superficie barnizada reposaba un grueso volumen de los enfrentamientos entre el Sacro Imperio de Accadia y los bárbaros durante la segunda era. Tomaba notas de todo de manera sistemática y organizada, con una caligrafía impecable que le salía natural. Sin embargo, le costaba concentrarse y en más de una ocasión se descubrió leyendo la misma línea varias veces. Le echó un vistazo al reloj de pared, de diseño tan sencillo como la habitación en la que estudiaba.
«Es demasiado temprano para descansar.» No sin desilusión, bajó la vista de nuevo hacia el grueso libro e intentó retomar la lectura. Luchó con los caracteres por largo rato, sin éxito. Angustiada por lo que pudiera hacer su padre cuando descubriera lo escaso de su progreso, volvió a mirar a través de la ventana. Uno de los últimos días de otoño le conminaba a salir. «Es temprano, pero quizá sea mejor caminar para despejar la mente —Se incorporó—. Solo un momento.»
Se asomó al corredor diáfano con cautela. Era más una acción derivada del miedo que una respuesta racional, pues Setanta estudiaba sin supervisión porque nunca había alzado la voz contra su padre ni mirado con una expresión desafiante. Solo las armaduras vacías, cuidadosamente pulidas, guardaban el camino a la salida.
Cuando salió al exterior, su cuerpo recibió el frío con un estremecimiento delicioso, y, a su vez, éste le dio la bienvenida con una brisa del oeste. Exhaló todo el aire retenido en sus pulmones, observando la formación de un vaho neblinoso, muy espeso, que se precipitó hacia el suelo. Por encima de todo, las nubes brillaban como si produjeran luz propia. Pronto todo estaría cubierto de un blanco impoluto.
Optó por dar una vuelta a la casa sin despegarse demasiado de sus paredes, en caso de que su padre regresara antes de lo previsto. El hogar de los halcones era inmenso, erigido sobre una colina que dominaba todo el valle. Su construcción tomó varias generaciones y fue llevada a cabo por la mano de esclavos de muchos pueblos, por lo que se advertían las influencias de las diferentes culturas conquistadas y absorbidas por el sacro imperio.
Apenas se oían sus pasos sobre los adoquines, pero no podía evitar afincar más los pies cuando pasaba por encima de un parche de nieve con el fin de oír el crujido. Los pocos sirvientes que trabajaban fuera se detenían en su faena para arrodillarse y ella les reconocía con un leve asentimiento de la cabeza.
Continuó por el borde oeste, a la sombra silenciosa de la torre de los mensajeros, donde se guardaban los halcones entrenados para enviar cartas. Las aves de rapiña raras veces hacían ruido, a diferencia de las palomas y los cuervos. En aquella área parecía que el invierno hubiera llegado ya, pues la nieve se había asentado en una capa fina y uniforme. Al elevar la cabeza a un cielo encapotado, los copos de nieve rozaron su rostro y se derritieron en diminutas gotas de agua.
Un ladrido la sacó de su ensimismamiento con un sobresalto de terror. Miró hacia la puerta, temerosa de ver a su padre cabalgando debajo del rastrillo con sus perros, pero el ladrido había provenido del otro lado, desde la perrera. Antes de que pudiera detenerlo, se le acercó un cachorro bastante crecido y comenzó a lamer sus pies. Setanta lo apartó delicadamente, pero el movimiento solo agitó las campanillas de su sárira, la falda abierta a ambos lados que tenía bordado con hilos de plata el blasón de su familia. Era un símbolo de estatus entre las mujeres que siempre debía mantenerse en perfectas condiciones. Y aquel chucho tiraba de la seda con sus asquerosos dientes.
Pateó con fuerza. El animal describió un arco en el aire y fue a rodar en la nieve con un gañido. No tardó en incorporarse sobre sus cuatro patas y mirarle con sus ojos grandes del color del ámbar, sin un deje de acusación o siquiera comprensión. Meneó la cola con alegría obcecada, irritante. A punto estuvo Setanta de alejarse de ahí y volver a su estudio, pero el cachorro vio por el rabillo del ojo el movimiento de su quinta extremidad y, como si se tratase de una presa y no de su propio cuerpo, se lanzó a su persecución con una perseverancia admirable. Nunca consiguió darle alcance: desapareció de su vista por un instante y se quedó buscándola ansioso.
Y, por alguna razón, su estupidez le pareció… divertida. «Pero qué tonto.» Una sonrisa se le había subido a los ojos, y cuando el perro halló de nuevo su cola y volvió a la persecución, ella emitió un sonido que hasta ese entonces nunca había brotado de su propia boca. Su garganta se contrajo de sorpresa y la risa se le quedó atascada. Quien hubiera visto su rostro, habría dicho que Setanta estaba pasmada, sin saber si aquello era bueno o no. Su padre nunca le había dicho que reír era algo malo o bueno, era algo tácito.
El cachorro reconoció el sonido de los humanos felices y pensó que ahora Setanta quería jugar. Se acercó de nuevo, cojeando de una pata. Se sintió culpable, pero al verle más de cerca supo que era una atrofia de nacimiento. «Por eso lo dejan atrás.» El perro le lamió los pies, meneando la cola, y cuando ella fue a tocar su pelaje largo y espeso, buscó una rama y se la ofreció. Setanta recordó las pocas veces que había visto al perrero lanzar cosas para que sus perros aprendieran a cobrar. Era estúpido que aquel quisiera hacer lo mismo: estaba atrofiado, nunca podría cazar, pero no parecía siquiera consciente de su condición. Lanzó la rama, no muy lejos, y el animal salió corriendo tan rápido como se lo permitía su pata en un estallido de alegría hiperactiva. Cuando volvió, tenía un matiz de orgullo en los ojos.
«Estás hecho todo un cobrador, ¿eh?», pensó a la vez que le rascaba un costado. El chucho se tumbó para que atendiera su panza; un espasmo se apoderó de una de sus patas tan pronto sintió los dedos sobre el pelaje, cosa que le hizo reír.
Cuando Saent regresó a Fortaleza Halcón, encontró a su hija sucia, empapada y riendo con los juegos de un perro inservible. Ella lo vio llegar y le sonrió tímidamente, de la misma forma en que hiciera su madre mucho tiempo atrás, antes de su nacimiento. El Señor Halcón desmontó y dejó las riendas en manos de su hijo mayor, que portaba una expresión grave. Se dirigió hacia el perro a grandes trancos.
Tan confiado y gentil era el animal que no reconoció el sonido característico del wolframio norteño que se desliza fuera de la vaina, ni el significado de una espada alzada sobre la cabeza. Setanta sí. Setanta sí, pero el grito que emitiera quedó ahogado en su garganta y en los incesantes aullidos y ladridos de la jauría. La cabeza del perro cayó a la nieve. De su cuello cercenado brotó su último aliento y con él un chorro de sangre pestilente.
—Encárgate —le dijo Saent a su escudero a la vez que le entregaba su espada. Entonces se dirigió a su hija, que solo observaba la mancha roja que crecía en la nieve con una expresión de angustia—. Serás la esposa favorita del emperador, y tu hijo será su heredero. Compórtate como tal. —La tomó del brazo y la forzó a incorporarse—. Deja de llorar, no es propio de una princesa.
Setanta intentó responder, pero en su garganta se había alojado tal nudo que apenas podía respirar. Solo cuando su padre apretó su brazo con fuerza logró decir un suave:
—Sí, Padre —Tragó con gran esfuerzo y se limpió las lágrimas con la manga. No brotaron cuando le golpeó las manos con una espada de bambú, ni cuando las doncellas le quitaron la mugre de encima con cepillos de cerdas duras, ni durante la cena, ni tampoco cuando se vio forzada a estudiar más tarde por su desidia. No podía llorar frente a otros porque su padre lo sabría. Pero cuando estuvo sola en su habitación y bajo una decena de mantas, no pudo contenerse más. Lloró tanto que le dolieron los ojos y pensó que la cabeza y el pecho le iban a estallar de dolor.
Con el transcurrir de las horas, algo en su mente asoció la dicha con el sufrimiento; aprendió que los ojos lloran cuando el corazón se deja engañar por una emoción tan efímera como lo es la felicidad. Con el entendimiento vino el cese de los sollozos silenciosos y las lágrimas, así como una quietud antinatural.
Esa no sería la última vez que vería sangre, pero sí la última que lloró.

Este relato corto está relacionado a Los moradores del cielo, pero no aparece en la obra. Solo quería profundizar en este personaje en particular para explicar su modo de ser. Apreciaría cualquier comentario, sé que el relato necesita trabajo. Hay algo con el ritmo que me molesta, especialmente al inicio.

2 comentarios

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  • En general describes muy bien y usas palabras interesantes. Sin embargo, creo que a veces te excedes un poco y describes cosas triviales que en realidad podrías omitir (“Le echó un vistazo al reloj de pared, de diseño tan sencillo como la habitación en la que estudiaba.”, ¿Qué importa el diseño del reloj? Y si lo que quieres es decir que su habitación es sencilla, pienso que habría maneras más eficaces de hacerlo sin tener que recurrir al reloj).

    “Se dice que la gente del Clan del Halcón tiene el alma helada; que su sangre no fluye caliente; que sus huesos están hechos del hielo que cubre las montañas” yo dejaría la descripción hasta aquí; el resto (“cuyas cumbres rozan el cielo con sus garras blancas.”) me parece que sobra y distrae al lector del ritmo del relato. Y aún así siento que esa descripción podría mejorarse, hacerse más fluida. Incluso se me ocurre una descripción así: “Se dice que la gente del Clan del Halcón tiene el alma helada; que su sangre no fluye caliente; que sus huesos están hechos de hielo.”

    Pienso que esta parte: “Nadie sabría decir exactamente por qué, pero lo cierto es que a Signior Saent, cabeza de la familia (aquí agregaría la palabra “Halcón”), nunca se lo vio sonreír” debería empezar en párrafo aparte y no después de un punto y seguido.

    “y la sometió a una educación rigurosa tan pronto vocalizó su primera palabra. (aquí en vez de “punto y seguido”, sugeriría poner “dos puntos”) A los cuatro años conocía los movimientos de los primeros quince jiria…”

    “y era, además, sumisa en su actitud, (aquí en vez de “coma” pondría “punto y coma”) pero de parte de su padre no hubo jamás un beso amoroso…”

    "A los siete años aprendió su lección más valiosa, (pienso que un “punto y seguido” aquí en vez de la “coma” le daría más contundencia a la siguiente oración) una que recordaría toda la vida."

    “De su cuello cercenado brotó su último aliento y con él un chorro de sangre pestilente.” (Esto es algo muy subjetivo, pero me chocó un poco la descripción de la sangre como “pestilente”. En mi mente, la pestilencia suele venir no de la sangre en sí si no de los cuerpos en descomposición. La sangre tiene más un olor a hierro. El perro apenas fue asesinado, así que no ha habido descomposición aún y por lo tanto, me parece que “pestilente” es una palabra demasiado fuerte y un poco fuera de lugar para describir la sangre en esas circunstancias).

    Después de la mitad del relato creo que las descripciones alcanzan un nuevo nivel y se vuelven mucho más acertadas y vívidas (¡me gustaron mucho!).

    “Esa no sería la última vez que vería sangre, pero sí la última que lloró.” (Aquí me parece que los tiempos verbales no concuerdan. Pienso que para tener coherencia debería ir más o menos así: “Esa no sería la última vez que vería sangre, pero sí la última que lloraría.” o “esa no fue a última vez en su vida que vio sangre, pero sí la última en que lloró” o “volvería a ver sangre muchas veces en su vida, pero nunca volvería a llorar”).

    Pienso que para darle un ritmo más fluido al relato, podrías revisar el uso que haces de la puntuación.

    En general, el argumento del relato me gustó mucho. Setanta me parece un personaje muy interesante y del cual me gustaría volver a leer en el futuro.

    Y ahora una aclaración final: Todo lo anterior son opiniones y/o sugerencias mías, de ninguna manera una camisa de fuerza, y siempre dadas con la intención de ayudar.

    PD: ¡Me acabo de dar cuenta que mencionas a Setanta en el prólogo que colgaste! ¡Ahora siento más curiosidad!

    • ¡Hola Megumi! Sí, mencioné a Setanta en el prólogo. Quería profundizar un poco en ella.

      Gracias por tus observaciones. La mayoría son bastante acertadas. Iré aplicando las correcciones que me parecieron adecuadas.

      Aquí unas respuestas:

      "¿Qué importa el diseño del reloj? Y si lo que quieres es decir que su habitación es sencilla, pienso que habría maneras más eficaces de hacerlo sin tener que recurrir al reloj"
      —La intención era la de ilustrar una habitación meramente funcional, casi ascética. De ahí la presencia del reloj y la sencillez general de la habitación.

      "Esto es algo muy subjetivo, pero me chocó un poco la descripción de la sangre como “pestilente”. En mi mente, la pestilencia suele venir no de la sangre en sí si no de los cuerpos en descomposición. La sangre tiene más un olor a hierro. El perro apenas fue asesinado, así que no ha habido descomposición aún y por lo tanto, me parece que “pestilente” es una palabra demasiado fuerte y un poco fuera de lugar para describir la sangre en esas circunstancias)."
      —No solo la sangre sale de ahí, sino también los gases alojados en el estómago y diversos fluidos que se mezclan entre sí y dan un olor bastante desagradable.

      “Esa no sería la última vez que vería sangre, pero sí la última que lloró.” (Aquí me parece que los tiempos verbales no concuerdan. Pienso que para tener coherencia debería ir más o menos así: “Esa no sería la última vez que vería sangre, pero sí la última que lloraría.” o “esa no fue a última vez en su vida que vio sangre, pero sí la última en que lloró” o “volvería a ver sangre muchas veces en su vida, pero nunca volvería a llorar”).
      —La oración en sí no es incorrecta, aunque sí suena rara. Creo que la cambiaré todo a pasado.

      ¡Gracias!

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