Los moradores del cielo: prólogo

Antes del hombre y la bestia, antes del cielo y la tierra, antes del día y la noche, nacieron los Rashi y poblaron la nada. El mundo era oscuro y no podían ver, ni siquiera podían verse entre ellos. Merodeaban en la oscuridad sin propósito ni consuelo.

Entonces se alzó Grehim, el que todo lo ve. Subió por encima de todas las cosas y brilló, y su luz tocó el mundo estéril para que todos pudieran verlo y hallaran su propósito. Y los demás Rashi se regocijaron y cantaron de júbilo, pues de pronto podían ver. Así fue como nació el sol.
Descendieron Khun y Bashe, el que cubre y el que sostiene, y el mundo se dividió en dos. El cielo se alzó en lo alto y la tierra cayó en lo bajo. Las nubes ocultaron el sol por vez primera y brotó agua de ellas, y ésta se asentó en los lugares más profundos del mundo. Así fue como nacieron el cielo, la tierra y el mar.
Descendió Lakge, el eterno, y el sol se ocultó en el horizonte y la noche mostró sus estrellas. Ese fue el primer día y la primera noche. Así fue como nació el tiempo.
Finalmente descendió Fraer, la que concede y arrebata. La vida se hundió en los mares, pobló la tierra y surcó los cielos. Así fue como nacieron las bestias y los hombres. Y viendo los dioses que eran maravillosos, habitaron cuanto cuerpo desearon.

—Orígenes 1:1

Prólogo

Elevó una plegaria fervorosa pese a saber que nadie la estaba escuchando. Rezó por que la tormenta que se avecinaba no embraveciera el mar, ya de por sí traicionero en esa época del año, y que el barco pudiera zarpar a tiempo. Rezó por hallar descanso y, por qué no, cierta paz en el sur cuando no la había en el norte. Rezó por que Setanta mantuviera su palabra en lugar de enviar a su ejército de chievalieri en su pos.
Y, por encima de todo, rezó por que las cosas que había matado una y otra vez se quedaran muertas.
Porque las había matado, de eso estaba segura. La primera vez, tres de ellos emergieron de la penumbra mientras montaban campamento a las afueras de Bai Quan; los abatió con flechas certeras y huyó del área con su compañera. La segunda vez eran seis, de los cuales tres eran los originales. Aprovechó la fragilidad del paso que estaban cruzando para provocar un derrumbe, con lo que murieron aplastados bajo la roca. La tercera vez eran veinte. Hastiada, acabó con ellos con todo lo que tenía. Agujas de hielo atravesaron sus cuerpos mientras un fuego abrasador cocinaba sus órganos, si es que los tenían. Los hizo pedazos bajo una lluvia de esquirlas de roca y, cuando estallaron en un cúmulo de diminutas estrellas, el viento arrastró sus restos.
Nadie, nada, podía sobrevivir a lo que les hizo.
Se atrevió a acercarse a la ventana para otear la oscuridad en busca de las aberraciones. El efecto cueva dentro de la habitación constituía un refugio incluso ante los ojos más agudos, pero no estaba de más ser precavida: ellos siempre se ocultaban bajo el manto de la noche para obrar sus artimañas. Entrecerró los ojos y se esforzó por ver más lejos, calle abajo, hasta donde permitía la luz de una bombilla moribunda. No distinguió ninguna figura merodeando junto a los raquíticos helechos que se sacudían a merced del viento.
Se alejó de la ventana al oír movimiento tras de sí. En la cama, la figura de una joven se agitaba en sueños y susurraba palabras inconexas. Abandonó su puesto y fue a pasar la mano por las finas hebras de su cabello, remembrando su color blanco puro que habían debido teñir de rubio. Pensaba que era una lástima, pues aquel color y textura se asemejaba mucho a la nieve lejana. Retuvo la mano sobre la cabeza de la joven incluso después de que esta se hubo calmado.
«¿Por cuánto tiempo podremos seguir así —se preguntó—. ¿Hasta cuándo podré protegerla?» No lo sabía. Sus enemigos rehusaban morir y tenían sentidos tan agudos que las encontraban con la facilidad de una jauría de sabuesos en pos del rastro de un zorro cansado por la persecución. Ellas, en cambio, no podían percibirlos hasta que los tenían encima. Localizarlos a través de medios mágicos era imposible, pues no emitían ninguna presencia como cualquier ser viviente y sus cuerpos estaban conformados por una sustancia tan extraña, tan diferente de la suya que pasaban inadvertidos a los sentidos de un mago. Solo los ojos podían detectarlos, cosa que debería conferirles cierta ventaja, pero en realidad no lo hacía porque algo en ellos estaba… mal. No que fueran malvados, no, ella se negaba a conferirles ese atributo cuando aún no habían demostrado una inteligencia superior. Más bien, su mera visión ocasionaba una extrañeza que rayaba en la repulsión. De ahí pasaba a ser miedo, y del miedo al odio.
Se giró sobre los talones para volver a su puesto, pero sus pies se detuvieron al llegar a la ventana. Desde el suelo, unos horribles ojos verdosos, del color de una herida infectada, le devolvían la mirada.
«Sabe que estamos aquí».
En apenas dos latidos del corazón alzó el arco y una flecha de luz atravesó el cristal con un estrépito de vidrios rotos, pero la criatura esquivó como una rata escurridiza y se perdió en la noche. Aquello le resultó tan extraño que pestañeó. Era la primera vez que veía a uno huir.
Sacudió la cabeza; no había tiempo. Debían resignarse, una vez más, a pasar muy mala noche y buscar un lugar más adecuado para defenderse del ataque inminente. Aquella ciudad a merced del mar estaba hecha de madera; no había nada sólido que constituyera un buen refugio. Conocía su fuerza de primera mano y bien sabía que podían tumbar la posada a golpes. Se arrodilló junto a la cama sin perder de vista la ventana y sacudió a la joven con ligereza. Había tenido que administrarle casi el doble de la dosis normal, por lo que estaba muy embotada.
—Tsai-kireh, Tsai-kireh —susurró mientras la zarandeaba. La joven emitió un gruñido corto—. Selene, por favor. Debemos irnos ahora.
Selene gimoteó y alzó la cabeza con la torpeza de un recién nacido.
—¿Amaneció ya, Enor?
—No, aún no. Pero tenemos que irnos. Ahora. Están aquí.
La ayudó a incorporarse, notando lo mucho que le costaba moverse. Apenas podía tenerse en pie; dudaba que pudiera correr ahora ni mucho menos luchar estando drogada. La condujo hacia la puerta, pero entonces percibió los crujidos de la madera vieja bajo unos pasos demasiado pesados para ser humanos. También reconoció los del posadero, más silenciosos. Recordó vagamente haber visto un revólver oxidado en su cinto… pero sabía que no sería suficiente. Se oyó un grito horrible, agudo y largo, y seis disparos. «Que los dioses te acojan en su morada y que sus bardos canten tu valentía.», pensó a la vez que se alejaba de la puerta y un rugido gutural se imponía sobre los gritos de los huéspedes.
—Mi daga —balbuceó Selene—. Bajo la almohada.
Enor se apresuró a recogerla, notando el peso del wolframio norteño en las manos. Aquella daga era lo único que Selene valoraba de verdad, no podía dejarla. Se la ató al cinto y tomó a Selene en brazos con la mirada fija en la única salida practicable que les quedaba. Quitó unos fragmentos de vidrio grandes con la mano envuelta en la sábana y salió de un brinco a los tejados. Se encontró con las primeras gotas de lluvia y un vendaval que por poco le hizo perder el equilibrio. Lanzando un exabrupto que se ahogó en el aullido del viento, entrecerró los ojos e intentó ver lo más lejos posible. Uno, dos, tres…
«Por todos los dioses…»
Decenas de ellos estaban dispersos por las calles circundantes y ahora miraban hacia arriba. No había emoción alguna en esos ojos, ni indicio de que lo que veían les resultara de interés, pero Enor sabía que algún mecanismo primigenio y desconocido para todo ser viviente se había activado en sus cerebros al verlas. Ya lo había visto en acción en otras ocasiones, cuando cazaban a otros hechiceros de gran calibre, un impulso implacable que llevaban a cabo de forma incesante al detectar una posible presa.
Perseguir. Atrapar. Devorar.
Tomó impulso y trotó por los tejados con Selene al hombro como un saco de papas. Abajo, las criaturas comenzaron a ponerse en movimiento con los ojos fijos en su objetivo. Un rayo iluminó el panorama por una milésima de segundo y vislumbró las figuras expectantes de al menos tres de ellos esperándole más adelante. Cambió de rumbo mientras su mente barajaba las posibilidades, todas funestas.
Su pie se apoyó en una teja frágil que cedió con el peso, y Enor se precipitó al borde del tejado. Se aferró al último momento a un viejo tubo que sobresalía, pero entonces una serie de crujidos le advirtieron que ellos habían cambiado de estrategia: estaban golpeando las vigas de ese edificio con toda la monstruosa fuerza que tenían.
Enor logró saltar antes de que la construcción se viniera abajo, pero el impulso había sido insuficiente y en lugar de llegar al siguiente tejado había caído sobre el capó de un viejo automóvil; un relámpago de dolor le subió por las piernas, pero consiguió mantenerse en pie y bajar del vehículo de un torpe brinco. Giró la cabeza. La jauría se acercaba a grandes zancadas. ¡Y cómo corrían! Con sus espaldas proyectadas hacia adelante como flechas y las manos trocadas en zarpas. Y sus rostros ya no eran rostros. Hacía tiempo habían dejado atrás el artilugio que ocultaba su verdadera apariencia. Aquellas cosas podían asumir la verdadera forma del miedo, de su miedo.
Enor volvió a la carrera a tiempo para evitar ser atrapada por unas manos retorcidas que emergían del polvo del derrumbe. Podía seguir corriendo por un buen rato. Era una hechicera y ya había aprendido y dominado las técnicas de la manipulación de tejido orgánico. Podía reforzar su piel, músculos y huesos para hacerlos menos susceptibles al daño y más resistentes durante el esfuerzo físico, pero alcanzaría su límite en un par de horas. Ellos, en cambio, no parecían alcanzarlo nunca.
—Enor…, llévame a la plaza.
Sacudió la cabeza en una negativa. «Una locura». Se atrevería a enfrentarlos en espacio abierto con una o dos decenas de ellos, no con el centenar que había aparecido de repente.
—Confía en mí. El cielo nos favorece esta noche.
La oscuridad y la lluvia entorpecían la vista, algo que en absoluto resultaba favorable en tales circunstancias. Aun así duplicó su velocidad e intentó seguir la maraña de callejuelas rumbo a la plaza, una amplia extensión de tierra aplanada, desierta a aquellas horas.
Dejó a Selene en el suelo, la que se tambaleó de lado a lado hasta desplomarse en un banco desvencijado. Enor, mientras tanto, vigilaba todos los accesos a la plaza sumida en la oscuridad que por momentos se convertía en luz por efecto de un rayo cegador.
Alzó su arco y se preparó para disparar sus flechas, pero Selene meneó la cabeza.
—No malgastes energía. Fíngete cansada y deja que se acerquen.
Sus instintos gritaban dando la voz de alarma, pero aun así bajó el arco con los dientes apretados. Aquella charla bien podría ser el efecto inhibidor de la medicina, que además afectaba su juicio. En ese caso, estarían perdidas.
Alzó el arco y disparó tan pronto el primero asomó la cabeza, pero el rayo de luz fue a estrellarse contra la pared adyacente. La torpeza de aquel acto los encendió, los hizo entender que la presa estaba débil, que ya no podía luchar más. Manaron de las calles como sangre que brota de una herida profunda y en pocos segundos habían formado un círculo en torno a ellas que se cerraba con rapidez pasmosa. Enor no podía evitar disparar a velocidad endiablada contra aquellos seres aborrecibles que asumían la identidad de sus propios miedos. La masa informe de cuerpos se movía de tal forma que ya no valía la pena apuntar, solo disparar la mayor cantidad de proyectiles para herir y, con suerte, matar.
Ocasionalmente uno caía y la luz azulada de su muerte iluminaba sus rostros desfigurados de rabia por una fracción de segundo. La oscuridad volvía al instante, sin embargo, y los demás redoblaban sus impulsos incluso con heridas dolorosas, si es que sentían dolor, y ganaban terreno inexorablemente con los brazos extendidos retorciéndose de forma espasmódica y con las bocas chorreando baba negra.
Tres metros…
Dejó caer el arco y desenvainó su espada. El acero pruso cortaba la carne como cuchillo caliente la mantequilla, pero seguían acercándose. Los que no tenían miembros lanzaban dentelladas al aire.
Dos metros…
Los brazos comenzaban a dolerle, y su corazón bombeaba a tal velocidad que su latir se imponía por sobre la cacofonía de gritos, gruñidos, alaridos y truenos. El banco no la dejaba moverse con soltura; un tajo mal dado y caerían sobre ellas. Le lanzó una mirada desesperada a Selene, quien estaba sentada con el mentón pegado al pecho, adormecida.
Un metro…
Ya cuando sus dedos amenazaban con hundirse en la tierna carne de la presa, Selene alzó la cabeza para mirar en derredor con visión borrosa. Entonces elevó las manos al cielo, muy lentamente, como lanzando una plegaria a cualquier divinidad que se apiadara de ellas, y por cada uno de sus dedos extendidos descendieron diez rayos certeros que atravesaron al enemigo en plena marcha. El hedor a carne chamuscada y otra esencia propia de aquellos seres inmundos inundó el lugar, que antes solo estaba tocado por el olor a tierra mojada y un matiz casi imperceptible de gasolina.
Enor parpadeó al ver que las aberraciones se desplomaban sin hacer sonido alguno, sin proferir el más mínimo quejido de dolor, muertos todos en apenas un latido de corazón. Estallaron en un sinfín de estrellas azules, dejando atrás como única evidencia de lo acaecido las marcas ennegrecidas donde los rayos habían tocado la tierra. Ella también debiera estar muerta, pues los rayos habían caído a apenas centímetros de su cuerpo y el agua debió conducir la corriente letal, pero sentía las gotas de lluvia cálida sobre la piel, olía aquel hedor y oía los truenos retumbar a lo lejos. Estaba viva.
«Loados sean los dioses». Dejó escapar todo el aire alojado en sus pulmones a la vez que bajaba la espada, muy despacio. A veces olvidaba lo que Selene podía hacer, pero tenía sus maneras de recordárselo.
Selene se combó a la izquierda y cayó sobre el banco. Enor se apresuró a su lado y al pasarle una mano por el rostro notó que de su nariz manaba sangre cálida. Aquello había sido demasiado para ella, incluso con los efectos inhibidores de la medicina.
—Iba a dejar que se acercaran más —susurró con una media sonrisa—, pero entonces los vi, recordé lo feos que son y no pude evitar matarlos a todos.
Enor hizo un mediocre intento de sonrisa. La situación no le parecía graciosa, pues era prueba inequívoca de la precariedad de sus vidas. Selene necesitaba descansar y recuperarse en un sitio libre de esas cosas.
Miró en derredor. La plaza estaba desierta, pero las autoridades no tardarían en llegar y no les convenía que las vieran ahí. Alzó a Selene en brazos; la sentía aún más ligera que antes. Se alejó de la plaza, donde los ojos fisgones de los lugareños podían verlas y acusarlas de lo acaecido, y se internó en el laberinto de callejuelas adyacentes.
Mientras caminaba, repasaba mentalmente las medidas que había tomado para evitar que las vincularan al incidente en caso de que algo así ocurriera. Todas sus pertenencias habían quedado en la posada, pero no encontrarían ninguna identificación: llevaba eso en sus botas y en su escarcela, así como algo de dinero y los pasajes del barco. Se había asegurado de usar sugestión para que nadie que las hubiera visto en la posada las recordara, por lo que aunque hubiera sobrevivientes, nadie podría identificarlas.
Se replegaron en un callejón elevado, protegido por los techos de los edificios a cada lado, y ahí se tumbaron en el suelo. Por suerte, estaba seco.
—Podemos volver a Accadia, si quieres. —dijo Selene de repente.
—Esa no es una opción aceptable a estas alturas —respondió Enor, poniéndole la mano sobre la frente; ardía. La acercó para que pudiera usar su regazo como almohada. No tardó en hundir los dedos en sus cabellos.
—Sí, imagino que sería humillante volver con el rabo entre las patas. Y Setanta se alegraría —Hizo una mueca casi imperceptible—, pero la estamos pasando bastante mal.
—Soy su Nasciare —reiteró Enor con firmeza—, y hui con usted porque así lo deseó. Le serviré mientras me quede algo de vida.
—Tampoco quiero verte muerta, Enor.
Enor suspiró una vez más y miró en derredor. Sentía que su cuerpo saltaría como un resorte y dispararía una lluvia de flechas si oía tan siquiera un paso cerca de ella. Le tomaría días deshacerse de la tensión acumulada.
—Por favor, duerma ahora. Tenemos un barco al que subir mañana temprano. Ya daré con una solución.
Enredó sus dedos en sus cabellos una vez más y, esta vez, Selene no pudo impedir que el sueño se la llevara. Mientras tanto, su compañera pensaba en una solución que al menos les diera tiempo para reponer las fuerzas en las que el viaje y los constantes ataques habían hecho tanta mella.
Lo primero era analizar lo que sabía del enemigo y trazar una estrategia acorde a sus habilidades y defectos. Sospechaba que aquellas aberraciones no necesitaban sustento físico. Los había visto morder y mascar con fruición innegable, pero escupían la carne a los pocos segundos y su interés pasaba a otras cosas. Aquello le hacía pensar que quizá devoraban las almas de sus presas cuando éstas salían del cuerpo. Por supuesto, eso implicaba que iban tras los hechiceros, de auras más potentes y brillantes. Seguro que habrían de tener sentidos en extremo agudos, diseñados específicamente para rastrear su alimento a kilómetros de distancia y distinguir entre un paupérrimo tentempié y una cena para cien. Y para ellos, Selene debía de resultarles irresistible.
Quizá pudiera confundir esos sentidos. Les perderían el rastro tan pronto se subieran a ese barco y se alejaran de la costa, lo cual les concedería dos semanas de paz a lo sumo. En ese tiempo tenía que dar con un refugio en alguna ciudad de gran población, cosa que les complicaría localizarlas en el mar de auras. Si colocaba barreras de dispersión suficientes, incluso podían pasar inadvertidas a sus sentidos depredadores por un buen tiempo. Pero la ciudad también debía ser sólida y contar con puntos altos que pudieran defenderse con facilidad, como torres y campanarios. Las encontrarían tarde o temprano, era inevitable, una verdad absoluta como que la luna azul surca el cielo la mitad del año y la roja la otra mitad. Enor esperaba que cuando dieran con ellas, hubiera transcurrido suficiente tiempo para que Selene se recuperara un poco.
«No podrá recuperarse sin otro Nasciare —pensó con una sonrisa amarga—. No soy suficiente. Necesitará otro…»
Pero eso ya estaba fuera de su control. Cuando menos, tendrían mejores oportunidades de sobrevivir en una ubicación que les facilitara la defensa.
Mientras su mente divagaba, recordó algo que había leído recientemente en algún panfleto turístico. Sus dedos, que hacía rato habían dejado de moverse para reposar laxos sobre la cabeza de Selene, volvieron a trazar líneas y círculos, enroscando largos mechones mientras algo en su cabeza chirriaba como una vieja puerta que se abre.
«Barad, capital de Hannover, es una ciudad antigua que sus fundadores construyeron con la roca de la montaña».
Una ciudad de piedra.

(Para leer el primer capítulo, clic aquí

Cualquier comentario es bienvenido. Muchísimas gracias por leer.

12 comentarios

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  • En general me gustó el prólogo. Se lee con fluidez y me dieron muchas ganas de saber cómo continúa la historia.

    Me hubiera gustado que al principio describieras un poco más el lugar donde se encontraban ya que en mi mente mientras leía solo tenía una idea muy vaga y difusa y me hacía sentir la historia de igual manera. Ya cuando salen de ahí (hacia los tejados) las descripciones me parecieron mucho más acertadas y precisas.

    En esta descripción hay algo que no me cuadra:

    "Retrocedió y tomó a Selene en brazos con la mirada fija en la única salida practicable que les quedaba." La "única salida practicable" me suena extraño y desvió, por un momento, mi atención del relato.

    No conocía esta palabra (aunque me sonaba un poco, pero no recordaba su significado exacto) y tuve que buscarla en el diccionario: "fruición". Algunos autores recomendarían cambiar palabras así por cosas más sencillas como: gran placer o gozo, porque palabras menos conocidas pueden interrumpir el ritmo de la historia o parar momentáneamente la lectura. Aunque eso ya es decisión de cada quién.

    Desde mi punto de vista, desde que uno no se encuentre con vocabulario desconocido o rebuscado cada dos por tres, nunca está de más aprender una que otra palabra nueva mientras se lee.

    Esta otra descripción tampoco me cuadró del todo: "Las encontrarían tarde o temprano, era inevitable, una verdad absoluta como que la luna azul surca el cielo la mitad del año y la roja la otra mitad". Específicamente la parte de "como que la luna azul surca el cielo la mitad del año y la roja la otra mitad". Aunque se da a entender perfectamente lo que quieres decir, pienso que podrías mejorar la descripción o modificarla un poco. Algo así como "como que la luna azul surca el cielo durante la primera mitad del año, y la roja durante la segunda mitad" (claro, esto es sólo un ejemplo, no una camisa de fuerza).

    Me encantaría continuar leyendo cuando subas más capítulos. ^_^!

    Por cierto, ¿Ya registraste tu obra como propiedad intelectual?

    Ya que la tienes completa y sobre todo si piensas publicar parte de la misma por internet me parece algo muy importante para evitar plagios o tener respaldo legal en caso de que ocurran.

    ¡Saludos!

  • Gracias por tu comentario. Me parece que el vocabulario en sí no es rebuscado, pues casi todas estas palabras las he leído en varias obras de distintos géneros. Además, creo que la audiencia de esta novela está por encima de los 17, por lo que me parece que el nivel es adecuado.

    En cuanto a la descripción, te sorprenderá saber que tu sugerencia fue lo primero que puse, pero luego recordé una cosa: en el hemisferio norte, es la luna roja la que surca el cielo primero y la roja la que le sucede en la segunda mitad del año, pero ocurre lo contrario en el sur, pues se intercambian mientras rotan. Por lo tanto, si usaba la primera frase, dejaría de ser una verdad absoluta, así que me decanté por esa opción.

    Aún no he registrado la obra. Lo haré cuando la corrija, antes de enviarla a editoriales o a un corrector para autopublicarla. El copyright en sí aplica desde el nacimiento de la obra, por lo que mi novela ya está protegida, por así decirlo. El problema es demostrar quien es el verdadero autor en caso de plagio, y eso se hace revisando fechas. Ya publiqué este extracto aquí y en el foro de Fantasía Épica. Al tener fechas, puedo demostrar que soy yo la autora y no hay problema.

    Pero claro, sí la registraré formalmente una vez esté corregida. Hasta entonces, sólo mostraré el prólogo.

    ¡Muchas gracias por comentar!

    • Pues lo del vocabulario yo te lo decía en específico por esa palabra (fruición) y no de manera general, pues como te dije, el prólogo se lee de forma fluida, lo cual es muy bueno.

      En cuanto a lo de las lunas, lo que dices me aclara un poco las cosas, pero aún así (desde mi punto de vista) considero que podrías hacer una descripción un poco más precisa. Es que estás hablando de una verdad absoluta, pero el ejemplo que das (al menos en la forma en que está escrito) resulta un tanto vago y por lo tanto le quita contundencia a la parte de "verdad absoluta". Es que si lo miras de manera global, la afirmación resulta extraña: ambas lunas siempre están surcando el cielo, solo que cada una en un punto diferente y luego cambian de lugar, pero nunca dejan de estar surcando el cielo, entonces en principio, tal afirmación sería falsa (y por lo tanto no un buen ejemplo de verdad absoluta), a no ser, que por ejemplo especifiques el punto de vista, algo como: "una verdad absoluta como que la luna azul y la luna roja se turnan el cielo del norte cada medio año". (Disculpa si resulto muy insistente en este punto, sólo te doy mi opinión con ánimos de ayudar).

      ¡Qué interesante!, la verdad yo todavía tengo muchas cosas que aprender sobre el copyright, y lo que has dicho me ha resultado muy informativo. Gracias ^_^!

    • Ahora que lo pienso, acabo de recordar que la palabra fruición la leí en una novela erótica XD aunque también la leí en una novela de zombis. Extraña combinación, pero sí es más o menos raro encontrarla.

      En cuanto a las lunas, estoy trabajando en ello. Tampoco estoy muy conforme con esa frase.

  • Lo primero que te quiero decir es enhorabuena, por terminarlo y por exponerte al público.

    Y ahora mi opinión, te voy a dar mis "sensaciones" a lo largo del texto y tú ya verás lo que te parecen.

    Lo primero, por lo general se lee fluido y no hay nada que "chirríe".

    Coincido con Megumi en que no sabía muy bien dónde estaban al principio, me ha resultado un poco confuso. A partir de la salida a los tejados mejor.

    Respecto a lo de las lunas, yo no sabía eso que cuentas del color, y me imaginaba que en el mundo de la historia había dos lunas.

    Por último, teniendo en cuenta los nombres, la magia, las criaturas oscuras… en mi cabeza imaginaba un mundo estilo medieval (lo normal en la fantasía), por lo que me ha chocado el último párrafo dónde Enor habla de un panfleto turístico. Esto no sé si es algo premeditado o no.

    Y bueno, vuelvo a repetir que enhorabuena.

    Saludos.

  • Primero que nada, muchísimas gracias por tu comentario y las sugerencias.

    Quizá deba añadir más descripción al inicio. No era mi intención porque no quería que el lector se distrajera hacia esos detalles que tienden a ralentizar la acción, sino que se enfocara en los pensamientos y acciones de Enor. Un poco de confusión puede ser buena, pero si realmente es demasiada, más bien es perjudicial.

    En el mundo de la historia hay dos lunas, una azul y una roja. Cambian de hemisferio con el paso del año.

    Por cierto, te perdiste la primera referencia de la época: gasolina. Es premeditado porque no está ambientando en el mundo medieval, sino en el moderno (más o menos entre 1915 y 1930).

    ¡Muchísimas gracias por tu comentario!

    • Ok, fallo mío.
      Al ser una referencia al olor se me había pasado por alto.
      Y lo de las lunas, me había parecido que te referías a que la luna tomara una tonalidad diferente dependiendo del momento del año… movidas mías xD

      Que conste que lo que comento es lo que me ha venido a la cabeza y que, por lo tanto, es posible que a alguien más le venga. Y luego con eso puedes ver si es algo premeditado o no y si te interesa cambiar algo o no.
      Mi intención es totalmente la de ayudar, que quede claro 😛

    • Se me ocurre (aunque la verdad no me fijé si lo pusiste o no) que otra referencia que podrías agregar en relación con la época es el uso de bombillas eléctricas. Tal vez en faroles que iluminan algunas calles o en lamparitas dentro del lugar donde se encontraban al principio.

    • @relatandome, no hay problema, sé que tienes buenas intenciones. La verdad es que contigo van dos que me dicen que les chirría eso de estar esperándose fantasía medieval y de repente leer gasolina o panfleto turístico. No sé cómo solventarlo, puesto que es deliberado, pero intentaré trabajar en ello.

      @Megumi, es buena idea. No se me había ocurrido, y además puedo incorporar eso en los primeros párrafos en lugar de los últimos para que el lector ya vaya advertido. Esto podría solventar el problema. ¡Gracias!

  • Muy buen inicio Ana. Diría que apenas hace falta ver algún detalle con alguna repetición, pero poco o nada más.
    Nada más agregar que me hubiera gustado ver un poco la descripción de las muchachas, pero supongo que eso se verá más adelante. Y las criaturas… se me hizo un poco la idea de zombies pero más activos, supongo que son otro tipo de criatura. Felicidades, muy buen prólogo!

  • Me ha encantado el prólogo y el hecho de q sean dos mujeres y no una mujer y un hombre q la protege me ha gustado mucho. Me ha chocado q hubiese coches y bombillas, no me lo esperaba. Y los seres q las persiguen, muy conseguidos, muy originales. Con ganas de saber más. Sé q esta es una entrada antigua, pero acabo de descubrirte… =)
    He leído un montón de entradas sobre escritura y organización así q aprovecho para darte las gracias por los consejos, me han parecido muy útiles. Ya t contaré cómo me va. Soy híbrida, pero tirando a brújula, así q lo de la organización se me escapa un poco… Enhorabuena!

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